Es la morada de los dioses, el ojo de un mar antiguo, y un lugar de majestuosos volcanes que se miran en un campo amarillo. Es Socompa, el destino final del tren carguero que parte cada semana desde la estación de Salta hacia los confines del altiplano andino. Es la crónica de un viaje en tren que ya no existe.

8.30 AM. Estación de Tren. Salta. Es viernes. Un viernes como cualquiera. La boletería aún no abre pero ya son varios los que hacen fila para comprar su boleto. Son extranjeros en su mayoría. Están a punto de emprender su viaje tan ansiado por el altiplano del norte andino sudamericano, ese que en las guías internacionales figura entre los más codiciados y que ya ubicó su meca en San Pedro de Atacama (Chile). Pero estamos muy lejos de ese destino aunque dentro de la misma geografía.


Hay que ir bien dispuesto. No sólo con hojas de coca para el acullico que seguramente nos repondrá del temido apunamiento. No. Hay que ir dispuesto a olvidar al tiempo. Y eso ya intuye el pequeño grupo que se apresta a compartir tres días con los lugareños. Ellos, sí que se divierten. Son las 11 de la mañana, la locomotora está en viaje en algún punto entre General Güemes y la estación de Salta, y ya humea la cocina del bar del vagón de pasajeros. Empanadas de carne y vino tinto.

12:40. Zarpamos. La gente saluda mientras el tren abandona la urbe. Estación Alvarado, Atocha y en Rosario de Lerma se detiene. Suben pasajeros, entre ellos doña Condorí, una septuagenaria que bajará luego. Coquea, le faltan 0.50 centavos para el pasaje y el guardia la mira con picardía. No dice nada y ella se ríe.

Campo Quijano, primer curva, segunda parada. La gente vende fruta, verdura, tortas, juguitos, helados y el diario. Se llena el vagón de pasajeros y cerca de las 2 de la tarde entramos a territorio puneño por el Portal de los Andes. Es la Quebrada del Toro, cambian bruscamente las tonalidades del paisaje, y el río dibuja el suelo con tinta roja. Hay flores amarillas, alamedas, bosques de cactus, y verdes oasis en donde se asientan los hombres con sus puestos. Ahora en el vagón los grupos se mezclan y en el bar, los visitantes dialogan con los nativos de la puna.

Porfirio Puca, de unos 30 años, cuenta anécdotas sobre la construcción de la nueva ruta que une la capital con San Antonio de los Cobres - en la que trabajó - y de a poco cuenta también su vida. “Yo trabajé en las minas desde los 14 años pero ahora me dedico a la sastrería, la carpintería y arreglos de electricidad”, dice mientras sus compañeros se ríen en una ronda de tinto. “La ruta nacional 51 se hizo cuando llegó el primer camión de estafeta postal a San Antonio porque antes esto era camino de arrieros que llevaban ganado en pie a Chile”.

- ¿Te gustó leer siempre?
- No. Digamos que cuando uno nace tiene que saber la identidad de su pueblo
- Pero no toda la gente piensa como vos
- Los hombres de acá tenemos que andar para conocer y conseguir trabajo. En mi caso, fue el deseo de un padre de lograr que su hijo se supere. El salió en excavaciones de minas, trabajó en boratos, y de chofer. Trabajó como aguatero desde los 9 años de edad. Entonces, el padre no quiere que su hijo sea igual.

Son 7 horas de trayecto a San Antonio de los Cobres y estamos a mitad de camino. Baja doña Condorí en Diego de Almagro y el sol ya casi se esconde. Pasaremos de noche por San Antonio, el viaducto La Polvorilla, Abra de Chorrillos y Olacapato, pero despuntará el día el Tolar Grande.

Apenas las 6 de la mañana y todavía los pasajeros están un poco dormidos. Fue la primer noche a bordo del tren y ellos, los descendientes del kolla, cantaron y charlaron toda la noche. Ahora se suman otros - al parar el tren en Tolar - que desayunan un buen sandwich de milanesa en el bar del vagón mientras sigue la fiesta pero se bajarán luego.

Comienza a desparramarse el sol por las montañas y el paisaje es simplemente magnífico. Hay como espejismos, pequeñas nubes detenidas al ras del suelo, cerros multicolores y desiertos de sal. Pasamos por Taca Taca y Vera de Arizaro, y en Caipe el tren detiene su marcha. “De todos los lugares que recorrí, éste es el más bonito”, asegura Julio, uno de los maquinistas de la nave. Hace 17 años que maneja y explica que la zona norte es exclusiva de carga. Habla de los corredores, de la posición estratégica de General Güemes, y de las razones que encuentra para suponer por qué los chilenos no quieren un vagón de pasajeros en sus trenes de carga. “Hay muchas versiones - dice -: unas son de demanda y otras tienen que ver con el seguro de los pasajeros”.

“Estas máquinas pueden servir para darle luz a un pueblo”. El turno es ahora de Nicolás, quien conduce la locomotora hasta Socompa. “Genera 600 voltios y puede llegar hasta los 80 kilómetros por hora, aunque claro, con riesgo de descarrilamiento”. La máquina transporta desechos de sal que vienen del salar de Pocitos, nitio, gasoil de reserva para locomotoras, azúcar, arroz y aceite en toneladas que van directo al puerto de Iquique.

Sigue la charla. “En los ´70 llegaron éstas locomotoras desde Estados Unidos. Cada una cuesta 6 millones de dólares y hay como unas 30 en el país”, continúa. Atravesamos Churulaqui, una estación abandonada, en dónde un hombre vió allí un OVNI en 1984. “Está asentado en el diario del día”, precisa Nicolás.

Son las 13:10 y la altitud alcanza los 3600 metros. En Quebrada del Agua las casas de los hombres que hacen el mantenimiento de las vías trepan en los vagones para bajar a la ciudad. Son unas cuantas casas encajadas en la piedra de la montaña que miran hacia un ojo de mar justo frente al gigante dormido.

Sólo resta un par de horas antes de pisar Socompa, el puesto al pie del volcán. Hay vicuñas en el camino, los restos de una locomotora y su carga que se cayó hace 3 años, y por fin, se divisa el paso de frontera. Todo el grupo desciende y, al bajar, la cabeza duele. Es uno de los lugares con menos oxígeno en la zona así que es mejor hacer todo lentamente.

La locomotora hace maniobras, unos cuantos cruzaron la frontera para sacar fotos y saludar a los carabineros. Pero al regresar al vagón para comer algo no hay buenas noticias. Al parecer, habrá que quedarse unas 6 horas esperando que llegue una locomotora desde Caipe. Y no queda otro remedio.

Mientras, en la cocina se preparan algunos almuerzos y José Antonio dialoga en el vagón con un grupo de extranjeros. Hablan de fútbol, de cuantos jugadores argentinos hay en Chile, de los militares, de Pinochet, de las guerras y del comercio de armas, de todo. Entonces llega otra noticia: iremos a Caipe pero a recoger carga.

La locomotora emprende el regreso. Son cerca de las 4 de la tarde y el sol muestra el lugar en todo su esplendor. El Llullaillaco al fondo, el Socompa en frente y un campo amarillo entre ambos, un cerro que parecen pechos de mujer mientras el templo sagrado de los Incas se superpone con otro en una exquisita y simétrica forma. El ojo de mar, los ojos que le siguen, una cañada y un paredón de piedra. Detrás, el infinito, el fondo mismo del mar pero hace millones de años atrás.

En Caipe serán 6 horas de espera. ¿A qué hora llegaremos a Salta?, se preguntan algunos. Por lo menos Nicolás quiere llegar a las 5 de la tarde del domingo para ver Racing-River. Será otra noche de coplas hasta el amanecer y otro día (el último) de paisajes que deslumbran. El punto más impactante de todos será el cruce por Abra de Chorrillos y por el famoso viaducto La Polvorilla.

Después, la vida continúa. Dos alemanas de no más de 17 años quieren ir hasta San Pedro de Atacama y planean hacerlo desde San Antonio de los Cobres. Saludan en la estación, otros regresan a Salta en remis, mientras los habitantes del lugar intentan vender alguna cosita a los viajeros.

Y por fin el regreso. La entrada al valle será a las 6 de la tarde. Ya surgen muchas postales en la memoria, muchas historias por contar y queda la sensación que aún restan muchas coplas por escuchar. Son esas vivencias que no quedan incrustadas en la foto y que jamás podrán ser contadas por cronista alguno. Momentos únicos de un viaje inolvidable.



La ciudad se mimetiza. Esconde su silueta en las rocas de granito. Sumerge sus colores entre blancos, violáceos, amarillos, marrones, y grises que pertenecen tanto a la formación serrana como a la flora autóctona que aparece poco después de abandonar la Quebrada de las Cuevas por el norte o la Quebrada del Toro por el sur. Es extraño llegar y encontrar ese inmenso vestigio de otros tiempos que custodian, a un costado de la ruta, solo un pequeño grupo descendientes. Se pueden adivinar las plazas, las calles principales, los espacios para el mercadeo, para el descanso, las sendas de las mujeres que acarreaban agua desde el vallecito que se abriga allá abajo. Santa Rosa de Tastil, uno de los diagramas urbanos que permanecen silentes a más de 500 años de su apogeo y esplendor.

Ubicada a 100 kilómetros de la ciudad de Salta, Santa Rosa de Tastil es uno de los poblados que se encuentran a la vera de la ruta nacional 51que une la capital provincial con Chile, a través de los pasos de Huaytiquina y Socompa. El ferrocarril transcurre a unos 16 kilómetros de Santa Rosa, por el paraje denominado Puerta de Tastil. Actualmente cuenta con una magra población y dos museos que guardan una pequeña parte de la riqueza arqueológica que sobrevivió al saqueo y a las expediciones científicas.


En la cima de un morro que domina la zona, las 12 hectáreas que cubren las ruinas arqueológicas se elevan a 3.200 metros sobre el nivel del mar, en la Quebrada de las Cuevas, y a medio camino del punto naciente de la Quebrada del Toro. Esta es el marco del río del mismo nombre a cuyo cauce aportan varios arroyos y riachos tributarios.


Puede señalarse a Tastil como una ciudad que se levantó al límite de la región Puneña de esta zona andina, casi al filo de una de las juntas geológicas que demarcan las diferentes capas geológicas. Al pie de la quebrada se encuentra Río Blanco y kilómetros delante Campo Quijano, ciudad cabecera de departamento al cual pertenece el sitio.


Actualmente la población trabaja en el pastoreo de camélidos, ovejas y cabras –que colaboraron con el proceso de desertificación- y en menor escala en una agricultura de subsistencia. En esto comparte con el interior puneño la mayoría de sus características principales, geográficas, climáticas, económicas y antropológicas.

Las cuidad de los misterios

La primer descripción del sitio arqueológico se debe a Eric Boman, investigador francés de principios del siglo XX, en cuya obra la denominara mar de pircas por la cantidad de construcciones que conforman este sitio arqueológico. Otros investigadores como Sirolli, Serrano y Madrazo describieron el sitio. Desde 1967 y hasta 1970, Eduardo Cigliano tuvo a su cargo una investigación interdisciplinaria organizada por la Universidad de La Plata. El análisis de la cerámica proveniente de las excavaciones, permitió concluir que el sitio fue ocupado sin solución de continuidad entre el 1300 y el 1400 y que hubo contacto con subregiones como la Puna, los Valles, selvas occidentales y quebrada de Humahuaca. De acuerdo a los fechados y a las características generales, se ubicó a Tastil dentro del período conocido como Tardío (anterior al dominio incaico).


Boman estimó unos 800 recintos de vivienda para albergar a unas 3.000 personas. Las viviendas son del tipo de habitación simple, cistas, recintos, calles, plazas, etc., realizadas con lajas de la zona, colocadas sin argamasa. Desde el punto de vista arquitectónico, la ciudadela presenta características que la diferencian de otros grandes núcleos descriptos en el NOA. Una de ellas obedece a los patrones propios del período cultural al que pertenece –forma rectangular y cuadrangular de las casas- y otra al acondicionamiento de estas formas geométricas al medio físico, a la topografía del terreno. Según el arquitecto Mario Lazarovich, quien tuvo a su cargo la Dirección de Patrimonio Cultural de la Provincia de Salta, los constructores siguieron el “ritmo de las montañas que circundan a la población”, concibiendo, a nuestro entender “moderno”, una ciudad ecológica perfectamente relacionada con el entorno.


Para Cigliano, un estudio exhaustivo descarta la agregación espontánea de unidades habitacionales y “por el contrario, pone en evidencia que sus habitantes debieron adecuar sus viviendas en un plan edilicio preestablecido”. Otros investigadores como el antropólogo salteño Jorge Pantaleón indican que en la antigua Tastil existía una organización en la que aún no había surgido el estado.


La ausencia de una organización política estatal, se contradice a la planificación de una ciudad como suponen Cigliano y otros estudiosos. “Si bien –dice Pantaleón- el período tardío se caracteriza por la militarización de las poblaciones, por la inexistencia de fortificaciones y el desarrollo urbano a partir de las plazas centrales en Tastil, se puede inferir la instalación de la población por aglutinamiento. El sitio se ubica justo en la estribación de la Puna, por lo que era un descanso obligado para los comerciantes, lo que se denomina ‘control de piso ecológico’ y tal como lo indica la diversidad de los restos encontrados. A partir de los primeros pobladores fueron sumándose otros y anexando luego otras poblaciones circundantes”.


Pero, ¿a cuál nación pertenecían sus antiguos habitantes?. Al parecer la cultura Atacama –que tuvo su epicentro en las costas del Pacífico- dominó en toda la zona de la Puna. Eran grandes traficantes, por lo que crearon una cultura simbiótica que influyeron y se dejaron influir por pueblos vecinos. Su lengua fue el cunza, de fonética simple, y tenían un sistema numérico decimal. Su organización social y religiosa es poco conocida aunque sus representaciones son fastuosas y guardan mucha relación con la gráfica encontrada en Tastil. Al parecer estarían organizados bajo un sistema patriarcal sin estratificación social, como se supone que fue el sitio salteño.


Sin embargo, a pesar de las investigaciones, el mayor enigma que encierra Tastil es su presuroso despoblamiento. Si bien son varias las posibilidades que se barajan como la aparición de enfermedades, el desmejoramiento de la capacidad ecológica y la sobrepoblación, lo cierto es que sus verdaderas razones se pierden en la Historia. Aún hoy los habitantes del pueblo rara vez trasponen las fronteras del sitio arqueológico.


Hasta entrado el siglo, cuando su fama trascendió y los viajeros comenzaron a detenerse en sus inmediaciones, Tastil todavía estaba regada por restos cuyas esquirlas aún pueden registrarse. Pucos, puntas de flecha, adornos, cucharas, etc., revelan un éxodo masivo e instantáneo. La ausencia de estratos que podrían probar la existencia de posteriores poblamientos, como probaron excavaciones en las habitaciones del pueblo, indican que tuvo una sola vida.

Los diseños del hombre-sol

Pero lo que más sorprende de la visita a Tastil es la existencia de más de 8.000 piezas de arte rupestre realizadas en piedras de origen volcánico. Petroglifos realizados con el procedimiento de percusión y raspado, aparte de técnicas combinadas, logran límpidas líneas que muestran una cosmovisión y una estética de características particulares. Para su mejor estudio, los sitios donde se encuentran se han dividido en áreas denominadas: La bailarina, El cerrito, Los danzantes y Boman, ubicados en Abra Romero, Los canchones a dos kilómetros del poblado, y El duraznito, ubicado en el paraje del mismo nombre.


Todos los petroglifos se han realizado en un esquisto cuarzo-albito-sericita. Esta roca ofrece inmejorables condiciones para el trabajo. Entre los motivos comunes pueden mencionarse los antropomórficos, las máscaras y rostros, los camélidos, felinos, ofidios, lagartos, ñandúes, geometrías puras y animales humanizados.


Rodolfo Raffino, que acompañó a Cigliano, destaca la presencia del conjunto “hombre-sol” en varias de las piedras. El estudioso señala también la existencia de escenas de la vida cotidiana como la danza, la inhumación de difuntos, el pastoreo de ganado camélido, la presencia de chamanes con el característico ajuar felínico, etc. “Es posible –dice Raffino- que estos personajes sean reflejos indicadores de la presencia en Tastil de un chamanismo representados por sacerdotes encargados de la práctica del culto.


Estas ideas de carácter telúrico nos representan a través de un lenguaje artístico precario, las formas de un complejo ritual dirigido hacia la fertilidad, a los cráneos y a los muertos. Por esto, los sitios donde se encuentra el arte rupestre, poseen carácter sagrado y solo son comparables con una mezquita o una catedral.


Releer la riqueza visual, estética y conceptual de los artistas antiguos, es entonces ingresar a su concepción del Universo, la interrelación del hombre con este mundo maravilloso, pavoroso.




Como el reflejo del cielo, una línea azul aparece de repente en medio del llano que direccionan los cerros. Como una represa obra del ingenio humano, un pequeño lago aparece a la derecha de la ruta kilómetros antes de trepar el Portezuelo para divisar Salta desde lo alto. En ambos casos, se trata de un paraje que lleva por nombre “La Lagunilla” y que, en la historia de la independencia nacional, sirvió para conducir al ejército patrio del general Manuel Belgrano hacia la triunfal batalla de 1813 ante las tropas realistas. Hoy el lugar preserva intacta la vida natural y es hogar de una amplia variedad de aves.

Los valles intermontanos conforman un conjunto de cortes y quebradas que se hunden y levantan desde tiempos que no rememora la mente humana. Lo hacen entre los valles de Lerma y de Siancas para formar el conjunto que se conoce como “Sierras del Mojotoro” y que, en su amplia superficie, su ambiente despliega la biodiversidad del bosque chaqueño-serrano.


Con el correr del tiempo, la región fue habitada (o transitada) por diferentes grupos: primero aborígenes como la cultura San Francisco o las tribus chaqueñas que cruzaban desde Siancas hacia el valle de Salta en busca de alimento; después españoles que conquistaron el territorio y diseñaron la división propietaria que es el origen del actual trazado urbano de nuestra capital provinciana.


En este sentido, los primeros años de la década que nace en 1580 marcan un hito. Fue entonces cuando el legendario Hernando de Lerma entregó Mercedes Reales a los nuevos dueños de un valle que, por aquel entonces, seguramente se mostraba rico, regado por ríos y arroyos que bajaban alimentando por igual pastizales y bosques. La manera de organizar la producción correspondió al planteo feudal de la nueva cultura: las haciendas serían el epicentro desde el cual emanarían las relaciones de la sociedad que se fundaba.


En esta semblanza, el abra en el cordón montañoso occidental del valle de Lerma donde nace del río Castellanos queda fuera de cuadro, pero sirve para introducir en la historia de una de esas haciendas que se emplazaron en los alrededores de la ciudad de Salta. Si se lee en función de los caminos que trazan los lechos de ríos o las quebradas que interconectan cada levantamiento montañoso, Finca Buena Vista - por ejemplo - aparece en la puerta norte del valle (quebrada de Lesser) como una posta en la ruta que desciende desde el Potrero del Castillo, al pie del nevado homónimo. Luego vendría Finca Castañares (kilómetros delante y sobre un faldeo oriental de las sierras del Mojotoro) en el umbral de una de las avenidas-quebradas que conectan Lerma con el vecino valle de Siancas. Y por ese conducto, a medio camino hacia el antiguo Fuerte de Cobos y el pueblo de Campo Santo, aparece el pequeño oasis que lleva por nombre “La Lagunilla”.


Al igual que la laguna de Brealito, el ojo de agua del valle Calchaquí medio, se tejen historias a su alrededor. Historias que mezclan superstición y fantasía en torno al origen de esta laguna que se encuentra escondida entre los cerros. Pero lo cierto, es que este espejo de agua se alimenta de los arroyos que bajan por las serranías de su quebrada y que crecen en volumen con las intensas lluvias de verano. De esta manera las fuentes del manantial son las vertientes estivales y un pequeño arroyo que ingresa desde el Oeste.


Pero la laguna no siempre estuvo allí. “Cuando era chica, mis padres contaban historias de cuando la laguna estaba llena y la cruzaban en bote”, cuenta Sixto Torino, uno de los propietarios de la finca donde se encuentra la laguna. Esto ocurría aproximadamente entre fines de la década del ´50 y comienzos de los ´60, y corresponde al período en que el espejo dejó de existir por un período de aproximadamente 15 años. “Un buen día empezó a llover – continúa - y comenzamos a ver un charco. Hasta que una noche llovió torrencialmente y, a la mañana siguiente, salimos a ver: ¡ahí estaba la laguna!. Fue muy emocionante. Con el tiempo nadábamos, nos metíamos con los caballos, después fabricamos un bote con latones, muy precario, para vivir eso de cruzar la laguna, hasta que mi padre nos regaló un pequeño bote de madera”.


La finca llegó a manos de la familia Torino de la mano de Lucilda Quiróz, la misma que – entre otros bienes - donó el edificio donde funciona el Hogar de Ancianos San Vicente de Paul (España esquina Sarmiento). Pero la historia propietaria se remonta a 1583, cuando Hernando Arias Velásquez recibió el 4 de septiembre de 1583 la zona conocida como “La Lagunilla”, “desde el camino real de Esteco hasta el río de Siancas, media legua en ancho tomando la lagunilla en la dicha estancia” (la cita pertenece a “La vida rural salteña del siglo XX”, Gutierrez-Iturrieta-Cruz). Así el accidente geográfico dio origen a la denominación toponímica del paraje y, por extensión, a la de la hacienda.


Actualmente “La Lagunilla”, que se encuentra a 1237 metros snm y abarca una superficie de 52 hectáreas aproximadamente, es una especie de santuario de aves. Al espejo concurren diariamente numerosos representantes de las variedades que son típicas de este distrito biológico (es decir, el chaqueño-serrano). Quienes estudiaron su hábitat (por ejemplo, Gladis M. De Gonzo y Mario E. Mosqueira, Utilización de recursos y estructura de una comunidad de Anátidos en un ambiente de chaco serrano de la provincia de Salta, Argentina, 1996) registraron, además de las 13 especies de anátidos, 4 especies de garzas (la blanca chica, la mediana, la mora y la bruja o zorro del agua), urracas bolivianas en los alrededores (que son típicas de toda la sierra del Mojotoro), gallaretas, una pareja de chajás, cuervillos y sus parientes, las espátulas rosadas. A éstos últimos es posible confundirlos con bandas de flamencos que, si bien llegan ocasionalmente a la laguna, lo hacen en un número muy reducido (son los flamencos comunes o flamenco chileno).


Un observador atento podrá encontrar teros, tero real, cigüeñas, bigua o chumuco, cardenales, bandadas de tordos, y en algunas épocas del año, pato crestudo o pato chaqueño, palomas (urpila, tonta y palomitas pequeñas). También aparecerán mamíferos como el coipo o rata/nutria mientras que en el agua – escondicos - habitan dentuditos y mojarras. Alguna vez, Orson Viñals, un amigo de la familia Torino, se interesó en sembrar pejerrey (para así rememorar antiguas épocas de la laguna), y aunque la iniciativa se hizo realidad, el sembrado no obtuvo éxito.


Así, admirar un paisaje en el que la vida natural logró pervivir al avance de la urbe en el valle de Lerma y a las costumbres poco ecológicas o de poco cuidado del entorno por parte de los mismos salteños, toca la fibra de quienes desean convivir armónicamente con el ambiente porque reconocen en “La Lagunilla” un verdadero oasis serrano.




Las nubes se levantan y, al hacerlo, desgajan el paisaje que ahora se abre imponente. Los colores, los olores, el silencio; los pájaros, los cóndores, las flores que tapizan el suelo. Todo va creando esa sensación interna que siempre impacta al visitante urbano: la de estar pisando un lugar que se mantiene ajeno al paso de la raza.

A primera vista, el pequeño Valle Encantado recuerda que su nombre no solo deviene de esos cuentos de duendes y salamancas que le hicieron fama. Dirá que su magia también contiene la energía de un pasado geológico que guarda entre sus rocas la crónica del impresionante mundo de dinosaurios y criaturas que dominaron la tierra hace más de 60 millones de años.


Su presencia, por ejemplo, permanece en forma de huella en el vecino valle del Tonco como testigo mudo de un evento único en la historia. El lugar era una antigua playa prehistórica a la que sus habitantes se acercaban en busca de alimento y descanso. “Las rocas rojas que se depositaron luego contienen como registro fósil una fauna completamente distinta muy rica en mamíferos”, asegura el geólogo Ricardo Alonso en un artículo de su autoría. “Fue aquí en donde otro geólogo argentino, Martín Raskowsky, buscando pecblenda o mineral de uranio en 1968, encontró medio centenar de huellas tipo pico de pato pertenecientes al hadrosaurio, animal prehistórico muy raro hasta entonces y que solo era conocido en Alberta, Canadá”, completa Federico Kirbus en su “Guía de turismo y aventuras de Argentina”.


Pero volviendo al diminuto escenario, su suelo escarpado formado hace decenas de millones de años, muestran como el permanente devenir interno-externo de la naturaleza actuó en sus contornos de manera fuerte y clara. “Las capas rocosas, entre las que destacan las de fuerte color rojo ladrillo, pertenecen a una época de transición que se ubica entre las eras Mesozoica y Cenozoica, en los períodos Cretácico y Terciario”, continua Alonso. Este esqueleto rojo oxidado que se tiñe de verde durante el verano forma parte de un conjunto estratigráfico mayor conocido como el “grupo Salta” cuyas rocas afloran ampliamente en el área a lo largo de la Cuesta del Obispo. “Calizas amarillas, areniscas rojas y margas varicolores acompañan las desgajadas siluetas que la naturaleza esculpió con diestro cincel”, concluye.


Al lugar se llega remontando el río Escoipe por la puerta central que conduce desde Salta hacia el valle Calchaquí. El verde intermontano que es típico en el valle de Lerma irá cambiando paulatinamente mientras se asciende por el camino sinuoso. Chicoana, Los Laureles, El Nogalar aún mantienen la hegemonía que se quebrará, finalmente, a la altura de Los Gigantes. Luego vendrán otros parajes como Malpaso, La Zanja y El Maray, al pie de la famosa Cuesta del Obispo y frente al gigante de roca que hoy lleva por nombre “El Torreón”.
Si bien el macizo no forma parte del Valle Encantado, su cumbre es hogar de cóndores y alguna vez cobijó al hombre en sus cuevas. Algunas aún contienen dibujos que cuentan acerca de ritos, costumbres y ceremonias a quien sabe interpretarlos. “En toda la zona hay influencia de las culturas calchaquí y santa mariana aunque también los Incas pasaron por ahí”, explica Ercilia Navamuel, una experta en arte rupestre del norte argentino.


En el Valle Encantado - al que se llega desde El Torreón atravesando la finca “El Candado” o a la altura del kilómetro 61 casi al final de la Cuesta del Obispo - hay 9 aleros con pinturas. “Pertenecen al periodo agro alfarero tardío (900 al 1600 d. C.). Es una zona en donde no hay petroglifos y en donde solamente se pueden encontrar pinturas”, asegura.


Desde este punto de vista, el Valle Encantado guarda relación con otros sitios en donde aún hoy es posible hallar estas manifestaciones del hombre. Guachipas es uno de ellos, una zona que se encuentra cerca del Dique Cabra Corral y en el umbral de otra puerta natural que conduce, por Pampa Grande, hacia el sur del valle de Siancas. “Allí por fin se pueden apreciar petroglifos hechos con una técnica especial - prosigue la investigadora -. Por eso, dentro de la clasificación que hice de Salta, considero que las pinturas que se conservan en el área del Valle Encantado son de transición”.


Esta región intermedia en la simbología indígena del noroeste comprende un conjunto de sitios que tienen en común la inexistencia de petroglifos. “Se trata de espacios que contienen generalmente pinturas policromáticas junto a un camino incaico. La mayoría están a más de 2000 metros por sobre el nivel del mar, a una altura en donde es común encontrar neblina, y en las nacientes de cursos de agua”, explica en un trabajo de su autoría presentado en octubre de 1997 durante un encuentro internacional de la materia.


En todos ellos predominan motivos como la hilera de hombres con largas camisetas, escudos, grupos de llamas, antropomorfos orantes y otros tocados con plumas, suris, siervos felinos y líneas de puntos. “Las expresiones de arte rupestre son considerados como el testimonio fundamental para el conocimiento integral de las culturas, por cuanto manifiestan la mentalidad de los pueblos, sociedades, creencias, cosmovisión, rituales, conocimientos y formas de transmisión de ideas mediante símbolos, aunque estos no eran para ser leídos por los hombres, sino como mensajes a los dioses”, sentencia finalmente.


Tan solo el paisaje permite entender por qué nuestros antepasados más cercanos elegían estos rincones para celebrar sus ceremonias. Una laguna que surge “como moneda de plata”, según la descripción de Alonso, alimentada por el agua de las escasas -aunque torrenciales - lluvias veraniegas y por invisibles ojos subterráneos. Cuevas profundas de suelo arenoso en donde es posible encontrar abrigo cuando cae la noche. Sombras que dibujan formas mientras despunta el día o mientras cae la tarde.


Será por eso que raras veces a un paraje le sienta tan bien su nombre o topónimo. El Valle Encantado de Salta es una de las pequeñas maravillas argentinas que mezcla magia, paisaje y riquezas naturales. Formas y colores absolutamente insólitos surgen aquí sin que nada haga sospechar que el lugar está anclado a tan solo unos kilómetros por encima del nivel de los antiguos océanos o a un costado de una añeja senda Inca que lo atravesó en el entonces no tan lejano de la historia humana y poco antes que el español navegara por el interior de América conquistando el territorio a fuerza de espada.


Rincones por conocer, rincones mágicos por descubrir. Un lugar en donde siempre será fácil quedar hechizado para así bajar contando historias de duendes, mezcla de encanto y embrujo de salamancas.


Casamientos, bautismos, bendiciones entre vivos y muertos, y un gran mercado del trueque dispuesto a orillas del río. Es la fiesta que ofrece el pueblo de Iruya a sus santos patronos, el punto culminante de otras que sirvieron de antesala, la que congrega a propios y a ajenos cada primer fin de semana de octubre.


El lugar es uno de los más impactantes del norte andino salteño. Se encuentra a casi 3000 metros del mar en medio de cañones de piedra tallados por sus ríos. El viaje comienza en la Quebrada de Humahuaca, toca su punto más alto en Abra del Cóndor a 4200 metros, y desciende unos 1500 aproximadamente antes de llegar al destino elegido.


La sorpresa será mucho mayor si la gente se prepara para la gran fiesta. Seguramente habrá quienes ya acomodan aguayos o improvisan tiendas a orillas río. También la iglesia estará vestida para la ocasión porque será mañana - o tal vez pasado - el día elegido para congregar al gentío y rendir honores a la Vírgen del Rosario.


Esta celebración que perdura en el tiempo es ciertamente particular. Por sus calles empinadas y tapizadas de piedra la celebración toma forma en el sábado de víspera cuando el pueblo peregrina en procesión bailando al compás de la música y de los Cachis.


Este es un grupo de disfrazados vestidos por vecinos y decorados con máscaras que sólo se usan para la ocasión. En el baile, casi siempre de cara a la venerada, se representa al bien y al mal en eterna lucha. Toros y caballos, acompañados por viejos, viejas, changos y chinitas, y secundados por un negro en el papel de bufón, emergen desde el imaginario local.


Esa misma noche habrá otra procesión pero que culminará en una gran fogata. La Luminaria, como se la nombra, es encendida con sunchos y otras ramas, y es frente a ella donde se realiza la ceremonia de la sagrada bendición. Entonces comenzará la otra fiesta, la de sus habitantes entre sus paredes que entonan canciones mientras beben chicha o cerveza o vino o simplemente yerbeao (sic).


Con el despertar del primer domingo de octubre el pueblo brillará pincelado por el sol que desciende colorido en esas punas. Luego nuevas danzas de Cachis y Sikuris, en la Iglesia la misa de los promesantes con matrimonios y bautismos, y en las márgenes del río Iruya la gran feria del trueque. Sin duda, una ocasión especial para descubrir momentos en su estado simple.


A medida que el río desciende por el corredor montañoso que inaugura el nevado del Acay, la tierra regada cobra vida y adquiere otra fisonomía en las manos de quienes la labran. Se forman remansos, oasis poblados de alamedas y verdes campos de cultivo que contrastan con el paisaje rocoso amarillento propio de la región. Este rasgo característico junto a su riqueza natural fueron los más valorados por todos los grupos humanos que a lo largo de milenios conquistaron y poblaron ese valle norteño.



Del hombre hispano deviene el último mapa urbano que nació en la encomienda y derivó en una serie de caminos de postas y haciendas que permitieron transportar hasta hace un siglo manadas de ganado a pie hacia quienes los solicitaban desde regiones tan remotas como Chile o Lima (la antigua capital del Virreinato del Perú). A ese contexto histórico-económico perteneció don Luis Arias Navamuel, el encomendero de los indios Payogastas. El nombre deriva del quechua y denota una población viaje o antigua. Dicen que el paraje del que eran oriundos aparecía como el primer campo de la región labrado por el hombre y que su preciado valor deviene del contexto natural inmediato: el majestuoso nevado de Cachi mezclado con las barrancas terracotas que mueren en Cachi (10 kilómetros al sur) y un valle verde que aparece recortado por el río Calchaquí.



La vista panorámica desde las barrancas adivina en el paisaje a la recta del Tin Tin como si se tratara de una larga pista de aterrizaje y sumerge, a quienes viajaron por otros rincones de la América andina, en la historia mágica que teje su geografía. Las ruinas de Potrero de Payogasta, que se levantan al pie del cordón montañoso oriental del valle Calchaquí medio, informan sobre los caminos del antiguo Imperio Incaico y además sobre el derrotero de quienes navegaban por el mundo en busca de sitios donde explorar su mundo interno en comunión con el externo.



Hoy, como miembro integrante del departamento de Cachi, Payogasta es la segunda población de importancia del municipio y el primer pueblo que se divisa en la ruta que, siguiendo el pavimento de la 40 (nacional), desciende hacia Seclantás, Molinos, Angastaco y Cafayate. La 33 (provincial) empalma justo en la puerta de ingreso hacia el pueblo rumbo al norte (La Poma) y, por una estrecha quebrada, culmina en San Antonio de los Cobres luego de atravesar el Abra del Acay (4987 metros snm). En ese mismo nudo, otro camino de tierra que corre hacia el este lleva a los Potreros de Payogasta.



El centro del pueblo esta conformado por un reducido caserío. Entre ellos, el edificio más viejo es sin duda la capilla. Sobrias líneas para una fachada que resulta de un plano dividido por cuatro pilastras que se elevan sobre un zócalo y soportan el entablamiento simple que remata en un frontis triangular. En su interior guarda la imagen de la Inmaculada Concepción realizada en pasta, madera y tela encolada. También hay una imagen de San Pedro Apóstol (siglo XIX) y otra de la Virgen Peregrina (del mismo período) que atestiguan la fuerza de la impronta cristiana en las población vallista.





La manzana representa la materialidad que alcanzó en esta zona uno de los pensamientos más importantes del cristianismo. En la metáfora, San Francisco desembarcó con sus frailes junto al conquistador en un ignoto valle de Salta para crear un nuevo hito de frontera. Desde aquel entonces hasta nuestros días, el relato de esa historia en la visita guiada por el Convento resulta fascinante y aleccionadora acerca de los caminos que siguieron los hispanos para producir cultura.

“Voy a guiar por el convento, no se si gustan, 10 o 15 minutos. Vale la pena”. Son las palabras de un hombre de mediana estatura, cara ancha y morena, que invita a una pareja adulta a formar parte de la visita sabatina y matinal por el convento franciscano de Salta junto al grupo que esperó – sin saberlo - disperso en los bancos del interior del templo.


A esta invitación Carlos Mamaní la hace desde hace tiempo, cuando ingresó a trabajar en la comunidad eclesiástica. “Este es el fichero de la portería donde estaba el nombre de todos los frailes y el del personal. Como trabajo desde el 1948, yo estaba acá”, y señala el casillero que le pertenecía. Luego avanza: “aquella campana del siglo XVIII que dice “Tocadme con prudencia” tenía una soga que llegaba hasta la calle. Así la gente llamaba tocando 2.1, por ejemplo, o sea: tan tan, tannnnn. Cada uno tenía su código. Todo siguió igual hasta que vinieron los jóvenes y pusieron el portero eléctrico”.


Si bien los frailes franciscanos permanecían asentados en Salta desde la fundación, la consolidación de la orden correspondió al hecho histórico de la expulsión de los jesuitas de 1767. “El enfrentamiento de las culturas aborígenes de Salta con la española no fue fácil”, analiza Julia Cabral en un trabajo que lleva por título “Indígenas de Salta en el Siglo XVI”. Para ella la re-elaboración de los universos culturales de una y otra cosmovisión no encontraron puntos en común, y por lo tanto, fue esa la principal razón que motivó los cruentos enfrentamientos posteriores. Pero la paz sobrevino a fines del siglo XVI, cuando fracasaban sistemáticamente los ataques de los naturales contra la urbe que nacía, y se pudo organizar el trabajo de estos aborígenes por medio de la encomienda que obró como el medio natural de aculturación.


La primera iglesia de los frailes franciscanos fue construida pocos años después de esos hechos en el solar que Fray Juan Bartolomé de la Cruz tomó de manos del fundador como representante de la Orden. Don Mamaní cronica estas páginas en un lenguaje claro y telegráfico. “1582, año de la fundación de Salta: Don Hernando de Lerma les da a los franciscanos una manzana. Hacen la primera iglesia de suncho y barro (que está lista en 1647 y es destruida por un incendio en 1674). No era iglesia, era una capilla. Luego hacen otra de adobe (el mismo año del incendio devastador). Esa ya era iglesia. Paredes de piedra y ladrillo, un metro setenta de ancho”. Abre una puerta de rejas y se arrima a un pilar para señalar una inscripción en el muro. Es la primer piedra fundamental de la tercer iglesia. “Aquí la vamos a ver. Lean ahí lo que dice en castellano antiguo”, y de memoria recita el contenido del grabado mientras observa como el resto lee al ritmo de sus palabras: “Se puso la primera pedra de esta iglesia de nuestros padres de San Francisco de Salta a 17 de setiembre de 1759 siendo guardián el reverendo padre Domingo Aranzazu”.



Los primeros pasos de la segunda conquista

Entre las comunidades católicas que desembarcaron para protagonizar y ejecutar el proceso de evangelización se encontraban la jesuita, la franciscana, la dominica, y la mercedaria. ¿Cuál fue la razón por la que de toda la comunidad de padres católicos que llegaron a América, en Salta solo sobrevivió la franciscana?. La pregunta encuentra las respuestas en el año 1767. “Ese año puede considerárselo uno de los más oprobiosos en la vida de la corona española”. La cita pertenece a Fray Benito Honorato Pistoia en un reconocido estudio que relata la labor de la Orden desde principios del 1500 hasta 1973.


“No negamos la buena voluntad y la competencia de quienes sustituyeron a los jesuitas en la labor evangelizadora”, señala en el capítulo dedicado a la expulsión de los Jesuitas, “pero el cambio produjo efectos nada positivos en los distintos casos. En opinión del fraile franciscano, el heroísmo romántico no pudo dar sus frutos debido a la falta de sentido y de tino político de muchos gobernantes. “Lo que dijimos por los calchaquíes podemos repetirlo aquí sin temor a desmentidas: si se hubiese actuado como en el Paraguay, no habríamos tenido casi dos siglos de lucha para someter a las dos grandes familias indígenas del Tucumán: los calchaquíes y los chaquenses”.


Aquella región con sus misiones, que siempre preocuparon a los gobernadores y obispos del Tucumán, tendrán en el recorrido de Don Mamaní una lejana mención en la foto de una casa misionera a orillas del río Bermejo y otra en el grupo de frescos que adornan el primer jardín del Convento. “Tres murales. Son 13 en total que cuentan la vida de San Francisco”. Uno cuenta la historia de su nacimiento, el siguiente el encuentro con un leproso. “Allá los están restaurando”, prosigue. “Esos son los rostros auténticos de frailes franciscanos que posaron para el pintor. Pinta en el ‘46 y en el ’47. Yo los conocí a todos y los ayudé en misa. Uno solo vive”, dice mientras señala al padre Roque Celi que el 18 de noviembre cumplió 89 años y vive en una misión de ese remoto Chaco.


Los frailes tenían sus propias misiones y en ellas también habían transmitido – de un modo práctico – la palabra de Dios. Pero los jesuitas siempre los habían superado en número, por lo que esos espacios vacíos se transformó en más trabajo para los primeros. El siglo XIX los encuentra en otra etapa de organización y en los albores de la revuelta criolla en la América Hispana. La historia franciscana se renueva tras la paulatina llegada de un segundo grupo de frailes: los Padres Misioneros Apostólicos.

La obra de un artista

Desde el punto de vista arquitectónico y en los ojos que miran desde el año 2001, el imponente templo de la esquina de Caseros y Deán Funes, muestra dos estilos, uno colonial español, otro barroco italiano y neoclásico. El primero se conserva en la distribución espacial de la construcción, el segundo en las molduras y esculturas que adornan y pueblan el interior del templo.


“Por aquí. Estamos en la parte detrás del altar del templo. Con los españoles, colonial, y cuando era colonial el altar mayor estaba por aquí y todo esto no existía”. Don Mamaní describe en el altar la distribución de santos: “Los patronos van arriba. Esos son los patronos de esta iglesia. El que está arriba y al centro es San Pedro de Alcalá. A la imagen la hicieron los españoles que construyeron el templo mayor. Pero desde que fue declarado basílica menor San Francisco de Asís, los patronos ahora son dos: Santo Domingo de Guzmán y San Francisco”
“Todo el barroco neoclásico es del Padre Georgi, que era escultor y arquitecto”. Don Mamaní baja su mirada, abre una puerta y, al atravesarla, anuncia al grupo que han regresado al templo. La luz aumenta su intensidad al mirar hacia el techo exquisitamente decorado. El relato continúa. “El padre tenía dos ayudantes pintores que, por supuesto, trabajaban bajo su dirección. Dicen que él se ocupaba personalmente de las molduras y las ornamentaciones”. Ahora las señala en la pared del templo. “Influencia italiana en todos los mármoles: el más finos de todos es el negro creta, este es verde recia y acá marrones florentinos”.


El Padre Luis Georgi nació el 21 de diciembre de 1821 y tomó los hábitos franciscanos en el Convento de Cori el 18 de mayo de 1841. En 1846 ya había sido ordenado sacerdote, pertenecía a la Diócesis de Albano, y ya manifestaba ser escultor, arquitecto y organista. Entre las obras que aún se conservan estarán las imágenes de San Severo, hecha en cera y en base a los huesos que trajo de Italia, y la Purísima ubicada en el altar mayor del templo, realizada con pasta y tela encolada.

Las últimas piezas del relato

Don Mamaní ha dado una serie de datos que salpicaron generosamente el relato de su guiado. “Esa campana grande que ven en el centro (jardín principal del Convento) se llama Campana de la Patria, porque está hecha con los cañones en desuso de la Batalla de Salta. La fabricaron en el Convento, en los fondos de la quinta de entonces. Pesa más de 1400 kilos y todos los días se toca a las 12, antes por necesidad y ahora por tradición. Una anécdota: en 1821, cuando es herido de muerte en General Güemes, los españoles tomaron Salta y dice la historia: “Manos anónimas limaron la palabra Patria”. Si se acercan, van a ver que la limaron un poquito y que con algo punzante pusieron Rey. O sea que ellos querían que diga “Viva el Rey” “.


En ese mismo sector, escondidos en el interior de las lámparas estilo colonial de las galerías del patio, estarán dos auténticos focos Thomas Edison. “Son de filamento. Tenemos 6 y la llave giratoria. En realidad en la mitad de la Iglesia hay un cuadro de la Virgen Desatanudos que tenía más de 16. Pero un superior, en la década del ’60, pasa por el frente cuando yo estaba limpiando, y me dice: “Saque esos focos que dan poca luz y gastan mucha corriente” . Claro, cada filamento es como resistencia de plancha”.


La sacristía es la que más impacta por la variedad de obras que contiene. “Tenemos la muerte de San José sobre relieves policromados, hecho en Alemania. Abajo una foto del Santo Sudario de Turín de 1898”. Un amplio ventanal al fondo (detrás, el Colegio primario y secundario), puertas hecha a golpe de hacha en el siglo XVIII, pintura cuzqueña en lo alto del mismo período, platería y porcelana de los siglos XVIII y XIX, una pileta en mármol rosado para lavarse las manos y una mesa del mismo material fechada hacia finales del siglo XVIII. “Esta mesa cuenta su historia en castellano antiguo. Dice “Soy para San Francisco de la ciudad de Salta”, sigan lo que dice dando la vuelta”, y ahora todos leen, algo agachados, en los laterales, “por orden del Reverendo Padre, que trajo don Domingo de Santibáñes. Me hizo el ministro, don Juan de Benjumeda en Cádiz, año 1789”. Y en el centro, una llaga de Cristo.”.


Los pisos del Templo cambiaron en 1915. “Ahora les voy a mostrar el anterior. Van a ver que son baldosas hexagonales. Toda la Iglesia tenía ese piso, que era una baldosa cocinada, pero con los italianos llega el mármol”. Advierte que las únicas imágenes que salen en procesión hoy en día con las de San Antonio y la de San Roque. “En un tiempo salían muchas. Otro los obispos decían que por Iglesia solamente uno. Aquí, por tradición, nunca se los sabía sacar”.


Don Mamaní se encuentra al final del recorrido. Repite, una vez más, los datos con los que suele empezar su relato guiado, “1759, piedra fundamental, metro setenta de ancho, paredes de piedra y ladrillo”, y cierra con una anécdota. “Un día no toque la Campana de la Patria a la hora acostumbrada. Un nene de 9 años que venía a ayudar me dijo que por qué yo había hecho pelear a los tatas. Yo le dije “¿qué pasó?”. En nene me dijo “vos no has dado las 12”, “no, no he podido”, le respondí, “sí porque la mamá estaba esperando que vos des las 12 para poner el arroz en la sopa, el papá llegó a las doce y media, la comida no estaba” , y con una carita de pícaro me dice, “y se armó”. Así que ahora la toco todos los días sino hay pelea familiar”.




Sitio privilegiado de los salteños, lugar mágico en donde día a día, año a año, cumplen con el ritual de la pesca del pejerrey padres e hijos, amigos y hermanos. Pero, por sobre todo, paulatinamente se convierte en un espacio abierto a la aventura y en un punto obligado dentro de la geografía que recorre todo aquel que visita Salta La Linda.

Hace 40 años el espejo de agua que hoy se denomina Cabra Corral era un cajón serrano en donde corría el hilo de agua del Juramento que nacía de la confluencia de los ríos Arias y Guachipas. El lugar, ubicado a poco más de 80 kilómetros de la capital salteña, era un sitio de pastoreo y los hombres de campo pasaban sus días en calma.


Pero la historia cambió en 1967, cuando comenzaron las primeras obras de lo que hoy es el Dique General Belgrano. Por aquel entonces, la prioridad era una: culminar la obra de ingeniería antes que la naturaleza le arrebatara el trofeo a los hombres del nuevo siglo que había decidido emprender el desafío. La presa de agua serviría no solamente para sumar energía eléctrica al sistema interconectado nacional (con 250.000.000 millones de kilovatios / hora por año) sino para mantener el riego nacional de 110.000 hectáreas comprendidas entre el sur del Valle de Lerma y otros parajes ubicados en la provincia de Santiago del Estero.


Paso a paso, la obra fue tomando forma: primero el puente sobre el río Guachipas que permitió a los obreros asegurar el tránsito que antes se realizaba cruzando su cauce, luego la perforación en la montaña de los túneles de desvío del río Juramento; continuó con el camino que une Coronel Moldes con la presa y finalmente la construcción del gigantesco puente que cruza el lago sobre el angosto de la quebrada del río Guachipas al cortar la cadena Osma-Viñaco.


En los primeros días de otoño del año siguiente comenzó el llenado del paredón de la presa. Fue un día memorable aquel en el cual las topadoras cerraron el último boquete obligando al Juramento a adentrarse bajo la montaña por los túneles que el hombre había construido. A partir de ese momento el Cabra Corral dejó de ser el paraje solitario en el cual se escuchaba el canto de los pájaros para convertirse en un centro de actividades relacionado tanto con la producción como con la recreación.


Regatas diurnas y nocturnas en veleros con orza y cabinados; pesca de pejerrey desde el puente, desde alguna orilla o desde un catamarán en medio del espejo de agua; kayak, windsurf, esquí acuático, bicicleteadas por la ruta del peri lago, y actividades relacionadas con la supervivencia y la aventura. Trekking por pinturas rupestres, cabalgatas, travesías en 4X4, paseos en banano, agroturismo en fincas cercanas, bungy y buceo. Todas y cada una se ganaron un espacio propio y congregan cada año a nativos, turistas y curiosos que llegan a descubrir ese rincón del Valle de Lerma. Este boom de posibilidades se hace escuchar desde hace unos 5 años y, desde entonces, promete colocarlo como un privilegiado dentro del circuito de lagos de los alrededores de la capital provinciana, del noroeste argentino, y del país en su conjunto.


“En los últimos años hubo un crecimiento marcado de la actividad turística de la zona”, apunta Raul Cedolini, uno de los operadores de la zona que ofrece excursiones en veleros durante todo el año que combina con visitas a las morada de los antiguos, como las pinturas rupestres de Ablomé, en las cercanías de Guachipas (al sur del lago). Para Cedolini, el impulso que tiene en Salta el turismo alternativo se debe a la política coherente que viene desarrollando cada gobierno de turno.


“Pasa que el que busca un casino, un shooping o las comodidades de un hotel de lujo no va a venir a Salta, porque para eso está el sur”, explica Raúl Mahr, dueño de la bahía que lleva su nombre, un lugar en donde se puede experimentar el placer de la navegación. “Lo que se ve ahora es el fruto de muchos años de trabajo. Nosotros fuimos los primeros en habitar el dique. Nos dimos el gusto de elegir el espacio que queríamos comprar y aquí estamos”, cuenta con orgullo.


Punta Mahr tiene todas las comodidades para pasar un día al aire libre: hay zonas destinadas para acampar, una confitería en donde se puede degustar un rico pejerrey, motos de agua y hasta un catamarán para alquilar. Esto último constituye una novedad. “Esto es algo que inventamos hace poco - comenta -. Pasa que los dueños de las embarcaciones no las usan todo el año, entonces se me ocurrió que una persona o un grupo los puede rentar por día o por semana y así pasar momentos inolvidables a orillas del lago”.


Otro es el caso de Rubén Masnaghetti, dueño de una empresa de deportes extremos que hizo punta en el Cabra. Los saltos desde el puente del lago son famosos desde hace unos años y congregan, cada fin de semana, a una multitud. “Lanzarse desde el puente es una experiencia que a cualquiera le levanta la autoestima”, dice este hombre alto y moreno que aprendió el oficio en las lejanas tierras neozelandesas. “Nosotros le entregamos un diploma a cada participante para que exhiban con orgullo la proeza”.


Esta es la cultura que hoy se levanta y recrea tanto la vista como el espíritu en el espejo de agua. Es la de una civilización que ha traspasado el umbral del siglo XXI y que se anima a los deportes extremos y a las sensaciones que tienen un cien por cien de adrenalina. Quienes visitan hoy el Cabra Corral (nombre que recuerda los antiguos rodeos de cabras que pastaban en la que ahora son las profundidades del lago) descubren la fuerza del agua que contiene y el potencial que emana de su belleza. Claro que algunas veces el espejo ha sufrido las consecuencias de la contaminación que también forma parte de los hábitos de esta cultura humana. Pero sigue siendo aquel paraje que asombra cuando se va abriendo paulatinamente ante los ojos del viajero y surca sus caminos serpenteando sus orillas. Un rincón que guarda por siempre el agua bendita que baja desde las nieves eternas del Acay y que mansamente anhela que el buen trato y el cuidado de su ambiente sea la moneda que vuelva a su mano.



Una paleta de colores lo pintó en el entonces de los siglos y de las eras geológicas. Fue parte del colchón de agua que alguna vez tapo la tierra que pisa el hombre desde hace unos diez mil años. “Purumamarca”, “Prumamarca”, “Plumamarca”: así llamaban los antiguos a este paraje de ensueño, a este “pueblo en la tierra virgen”.

El lugar aún conserva el encanto y la magia. Sus callecitas de tierra devienen del primigenio trazado urbano que el español diagramó sobre el poblado indígena allá por 1594 y las construcciones que desde entonces se levantan llegan hasta nuestros días mimetizadas por el paisaje.


Su ubicación geográfica es un punto ideal desde el cual conocer la región que abre. Hacia el norte, la quebrada de Humahuaca, sus ciudades y su historia aborigen-colonial emparentada con el trazado de las antiguas sendas Incas y las rutas comerciales que luego el español diagramó sobre ellas. Hacia el oeste, el desierto de sal que aparece tras abandonar el serpenteante camino de la Cuesta de Lipán que elevará al viajero desde los 2600 hasta los 4200 metros de altura sobre el nivel del mar actual. El final de la cuesta es conocido como el Abra de Potrerillos y 25 kilómetros delante estará el paisaje blanco de Salinas Grandes.


En sus alrededores se encontraron huellas de vida humana en instrumentos de piedra empleados para la caza y, en cuevas cercanas conocidas como de “Huachichocana” (sic), las claves de su derrotero. Eran cazadores de guanacos (ver recuadro) que buscaban resguardo en los abrigos rocosos. Los estudios muestran que desde tiempos tan tempranos como el 7000 a.C. estas tribus nómades ya establecieron contacto con zonas distantes como la costa chilena o los valles y selvas que se ubican detrás de la pared oriental de la quebrada de Humahuaca.


Purmamarca fue un lugar de paso hasta que algunos de estos grupos decidió asentarse frente al Cerro de los Siete Colores. El, que es producto de una compleja trama geológica de 600 millones de años, vio como estos hombres tejían sus sociedades en base al conocimiento agro-pastoril que habían acumulado. Alrededor del 500 a.C. cultivaban variedades de maíz y papa , acondicionaban las laderas de los cerros para ampliar sus superficies de cultivo mientras las trabajaban el suelo con palas de piedra. Para esa época habían domesticado a la llama, animal que además de transporte le proporcionaba carne, cuero y fibra. Y hasta la llegada del español, formaron parte del Estado Inca Peruano, junto a los Omaguacas, los Tilcaras, los Tumbayas y los Tilianes.


Esa historia milenaria llega hasta nuestros días fragmentada en el saber tradicional, en las fusiones que se generaron tras el choque de culturas y en las formas expresivas que proyectan los pensamientos de manera particular. Cerámicas, tejidos, instrumentos musicales, costumbres del carnaval, de la señalada, del culto a la Pachamama. La iglesia, el primer edificio español construido hace ya 350 años, es de construcción sencilla. La serie de pinturas que atesora dentro pertenecen a la escuela cuzqueña y cuentan la historia de Santa Rosa de Lima. La imagen lleva en su cabeza una corona de plata repujada, cincelada en sencilla composición, un niño Jesús muy pequeño en el brazo derecho y una rosa en la mano izquierda. Si se levanta su amplia capa negra bordada en colores vivos, se descubrirá un vestido blanco y 6 enaguas de seda. Esto se relaciona con la costumbre popular de la mujer coya que se superpone polleras.


Frente al añejo edificio, hay un inmenso algarrobo que da sombra y es casi un testigo mudo desde hace más de 500 años, según el cálculo de los lugareños. Su forma extendida brindó sombra y reparo a todos aquellos viajeros que circulaban hacia la puna o los valles. Además, fue el lugar en donde el último cacique de los Purmamarcas libres recibió con un vaso de chicha al primer evangelizador castellano y en donde generales de los ejércitos patriotas soñaron alguna vez con la libertad americana.


En este entonces de tiempos modernos, el pueblo canta y baila coplas de carnaval. Los festejos comenzaron el jueves de compadres, dos semanas antes del desentierro. Desde entonces y hasta el miércoles de cenizas, nativos y turistas se divierten al ritmo de los carnavalitos y bailecitos, que acompañan las guitarras, bombos, erkes, zampoñas y charangos, mientras algunos aparecen por las calles o en la plaza del pueblo batiendo banderas en viboritas. Será también el tiempo de “la señalada” para las familias pastoras. Es una ceremonia muy especial en donde se hace una ofrenda a la Pachamama en un mojón del corral para pedirle así protección y “multiplico” de la hacienda para el año que nace.


Con 800 habitantes, el pueblo emana tranquilidad en forma permanente. Los festejos y celebraciones que forman parte del calendario les permiten renovar los lazos comunitarios y sus pactos con el mundo natural en un espacio que los antiguos emplazaron al abrigo del viento que siempre se levanta por el gran cañon de Humahuaca.






Une las capitales de Salta y Jujuy atravesando una de los pisos biológicos más ricos del planeta. Es un tramo de la legendaria ruta nacional 9 que trepa hasta los 1600 metros de altura sobre el nivel del mar para maravillar la vista y recrear el alma.

El verde en las montañas permanece eterno. No importa si en el valle de Lerma desembarcó el invierno. Tampoco si es época de vientos y todas las serranías del Mojotoro en la capital salteña ya viraron su color a un marrón intenso. Allá arriba, nada cambia.

Será porque se trata de una ceja de yunga, de bosque montano que, desde el sur de Bolivia y hasta el norte de Tucumán, recorren esta zona del centro-oeste sudamericano haciendo las veces de camello. Es decir, sus laderas tienen la función (por la posición y su altura sobre el nivel del mar) de guardar el agua que, en forma de humedad, traen los vientos oceánicos que llegan desde el Atlántico.

Por eso se trata de un bioma muy especial, siempre protegido como piso ecológico dentro de los parques nacionales de la región (El Rey, Calilegua y Baritú). Del interior de la roca, desde el vientre mismo de su tierra, brotan las vertientes de aguas cristalinas -las más preciadas, puras y ricas- que darán origen a más de un río que entroncarán con las cuentas del Bermejo o el Pilcomayo.

Este es el escenario que muestra el paisaje del camino conocido como La Cornisa, un tramo de la ruta nacional 9 que comunica la provincia de Salta con Jujuy o viceversa. Aunque bien puede ser llamado “La Ruta de los 3 Diques”, porque la cinta asfáltica conecta Campo Alegre en La Caldera, con la presa Las Maderas y el pequeño espejo de La Ciénaga en Jujuy.

Cuentan que cuando se inauguró el camino pavimentado por la década del ´40, llegaron a Salta legendarios coches de carrera, de aquellos que usaba Juan Manual Fangio, para correr allí el Gran Premio de Caracas. Quinientas dos cuervas no es una prueba menor, mucho menos si se tienen en cuenta lo angosto del camino y las dificultades propias de una zona con demasiada humedad ambiente.

Pero la verdad es que desde que la ruta 34 es una autopista, aunque recorre 120 kilómetros (contra los 90 de La Cornisa), este camino se ha convertido en un rincón turístico, muy transitado durante los fines de semana. Otras veces es una alternativa para quienes no pueden evadir los famosos “piqueteros” jujeños, cada vez que los problemas sociales de la vecina provincia levantan temperatura.

A pesar del impacto ambiental que ha sufrido la zona por el paso del hombre y sus máquinas, aún es posible admirar en la exhuberancia del paisaje, una rica variedad en flora y fauna que maravilla a propios y ajenos. Por eso, cuando se encuentre desandando el camino de La Cornisa o el que va desde Lesser hasta Los Yacones, subiendo hasta las Lagunas de Yala, o decidió hacer un viaje hacia las Termas de Reyes, recuerde que está pisando uno de los biomas más importantes del planeta: el que protege la continuidad de la vida y permite que la región no se convierta en un amplio y amarillo desierto.


Es una vieja plaza de toros en los confines del altiplano, ahí donde la gente habla poco y sabe mucho. Es un lugar encajado entre montañas de escasa estatura que se tiñen de encanto al nacer el día o morir la tarde. Es un espacio que cobra sentido en sus propias dimensiones, en sus propias sensaciones, entre casas de adobe encajadas en la cuadrícula de unas cuantas calles de tierra.


Hay un sitio para el mercado, otro para la escuela, otro para la cancha de fútbol. Hay un tiempo para el trabajo, otro para el descanso y otro para la fiesta. Y Casabindo se viste de fiesta cada víspera del 15 de agosto. Sus casas, su iglesia, su gente, sus vírgenes, todos confluyen el día señalado para congraciar a la santa patrona. Es la Vírgen de la Asunción quien aguarda su procesión por las calles del pueblo, pero sobre todo, aguarda ver al valiente torero que se arrodillará a sus pies para ofrecerle esa prenda que tanto le ha costado conseguir: una vincha roja con monedas de plata que sacó con habilidad y picardía de la cabeza del bravo toro.


Ese confín remoto de la puna jujeña aún guarda una reliquia, el único vestigio de épocas pasadas. Las corridas de toros eran verdaderas fiestas taurinas que se celebraban con todo brillo hacia finales de la colonia y se extendían por ciudades enclavadas en las provincias de Salta, Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca. A veces no hacía falta una plaza especial para tal fin -como ocurría en la capital jujeña- y bastaba con cerrar algunas calles con la ayuda de sogas.


La fiesta se realizaba entonces en ocasión del carnaval y podía extenderse durante días. Era y es una fiesta popular, aunque la actual se ha mezclado con tradiciones cristianas que le ofrecen otro color y otro cariz. Antaño, las corridas “provocaban muertes y heridos entre la gente de la plebe y los indios”, hechos que se potenciaban por la embriaguez de muchos y las escasas precauciones que se tomaban al respecto. Esa era la crítica que se alzaba contra la fiesta a finales de la era de la colonia, según consta en un informe realizado por Andrés Ramos en 1803, como alcalde de primer voto del Cabildo jujeño.


Hoy, la corrida no incluye derramamiento de sangre. Ya en la víspera los toros se encuentran encerrados en corrales cercanos a la iglesia y a la plaza de toros que se encuentra frente a ella. De allí, pero en la tarde del día siguiente -despues de la misa y la procesión de misachicos-, saldrán los toros que enfrentarán a los audaces lugareños.


Habrá que atrapar al animal primero. Unos lo agarrarán por los cuernos mientras otros sostendrán la soga tensada en el palenque; otro le colocará la vincha con monedas de plata y otro, alejado, esperará con una manta roja a que sus compañeros suelten la bestia. De ahí, todo puede ocurrir. Como no están acostumbrados a estas andanzas humanas, a veces pasa que se quedan quietos, como asustados, mirando alrededor, y dan marcha atrás pese a los gritos de la muchedumbre y del propio torero. Pero en otras ocasiones, fijará su mirada en el hombre que lo azuza allá en frente y arremeterá contra él con toda su fuerza. Sin embargo, la lucha con el toro tendrá su recompensa y el aplauso de toda la gente cuando el torero levante el brazo que ahora lleva en lo alto el botín preciado.


El párroco de Humahuaca, el intendente de Abra Pampa, los policías, los médicos de campaña, los maestros de la escuela, estarán también presentes al final de la fiesta. Después, cuando el fuego se haya extinguido y los promesantes regresen a sus hogares, Casabindo volverá a ser ese lugar casi inhóspito, remoto y olvidado de la puna jujeña. Quedarán los rastros de la goma de camiones, de suelas de zapatos marchando en procesión, los restos de un mercado improvisado que se armó cerca de la escuela. El fuego continuará encendido en la lámpara de algunas casas y, luego, se apagará aunque no totalmente.


“Una bomba de estruendo retumbó en la plaza, frente al atrio de la iglesia y el ruido fue rebotando por las montañas de piedra y arena. Enseguida el eco de los perros enloquecidos y luego el cuajarón de humo denso elevándose al cielo como un arcángel”. La imágen en el relato del escritor jujeño Héctor Tizón y un recuerdo en la memoria de los memoriosos que desde ahora siempre dirán: ¡otro año, otra fiesta!.
Eulalia Vidal de Torres murió a los 105 años y fue una de las primeras puesteras del Mercado San Miguel. La kolla Bola, como se la conocía entonces, murió en 1927 y quedó su hijo, Miguel Torres, quien con orgullo siguió en el puesto de su madre “para pagar la olla”. “Yo nací y me crié aquí, y ¿qué le puedo decir?”, interpela al cronista del diario Nueva Época que publicó un artículo el 8 de enero de 1935. “Acá trabajamos porque la situación del negocio cada vez marcha peor, aunque eso sí, todo aumenta”.

Fue otra la suerte de doña Petrona Saravia que a los 100 años de edad vivía de la caridad pública. Comenzó a trabajar cuando tenía 15 años como una de las primeras verduleras del mercado “en un puestito cuando el mercado apenas tenía unos cuantos palos que hacían de guardapatios para atar a los caballos y a los burros que traían diariamente la verdura para la venta. Ahora mis piernas ya no me dejan trabajar”, decía a principios de siglo en el mismo matutino.

Los inmigrantes también formaron parte de la historia del San Miguel. En su peregrinar, que se inicia con las crisis económicas y las guerras mundiales, algunos decidieron detener la marcha en estas tierras soleadas con la esperanza de encontrar el tesoro que todo caminante espera encontrar: un futuro mejor. “Mi abuelo era un siciliano, un inmigrante que primero tuvo camiones que transportaban carga entre Tucumán y Santiago del Estero”, relata la nieta de un puestero, ya muy lejos de aquel contexto. “Después los perdió. Finalmente, fue el dueño de varios puestos en el San Miguel y, mucho después, compró acciones del COFRUTOS. Esa fue la manera como los más veteranos se aseguraron los puestos en el nuevo mercado mayorista de principios de los ´80”.

Las historias en boca de los protagonistas permiten armar una cronología. “Los 50 años que tengo los cumplo acá porque mi mamá nos crió a todos en el Mercado. Ella todavía hoy cuenta que cuando mi abuela vivía nos hablaba en quichua porque era boliviana, aunque yo ya no me acuerdo. Esos eran los tiempos en que el mercado se abría a las 4 de la mañana y esto era una romería. Ahora es distinto. Los puestos abren a las 7 y recién a las 8 comienza el movimiento”. La voz es de Dora García, dueña del puesto 41 de frutas y verduras del Mercado San Miguel. “Ahora ya no funciona como un gran mercado sino todo lo contrario, porque los supermercados y las ferias clandestinas hicieron que bajara la clientela".

Siglo XX cambalache

El efecto globalizador de la economía en las última década del siglo XX que pretende igualar todo. Hipermercados que compran y almacenan stock a gran escala y sacan de competencia al pequeño y mediano comerciante.

Como los clientes van tras la ola, el movimiento también mermó el caudal de los puesteros. Sin embargo, en su uso, el impacto globalizador generó en los consumidores una serie de aprendizajes que se relacionan en el tiempo con los gustos y las decisiones de las personas ante la oferta existente.

Algunos son los hijos de la primera inmigración que, en su peregrinar, decidieron detener la marcha en estas tierras soleadas con la esperanza de encontrar el tesoro que todo caminante espera encontrar: un futuro mejor. “Mi abuelo era un siciliano, un inmigrante que primero tuvo camiones que transportaban carga entre Tucumán y Santiago del Estero”, relata la nieta de un puestero, ya muy lejos ya de aquel contexto. “Después los perdió pero, finalmente, tuvo varios puestos en el San Miguel y, mucho después, compró las acciones con la que los más veteranos se aseguraban sus puestos en el nuevo mercado mayorista de principios de los ´80: COFRUTOS”.

Con el nuevo centro mayorista los mercados cambiaron de geografía y se dispersaron por otras áreas de la ciudad, en especial, hacia el oeste. Pero esa es la historia del siglo que mañana termina porque todo comenzó con las pulperías, como aquellas primeras 9 que Hernando de Lerma autorizó que se instalaran en la recién fundada ciudad de Salta, continuó con los almacenes de ramos generales y convivió con los grandes mercados, como el San Miguel. Hace poco más de 20 años el sector que hoy ocupan “las Pulgas” estaba poblado de pequeños negocios que vendían alimentos para aves y aves enjauladas, pollitos para los niños, bolsas para llevar las verduras, artículos regionales, queserías, panaderías y pizzerías ubicadas sobre la salida. Y eso hace sólo 20 años porque doña Petrona Saravia, si viviera, estaría relatando otras historias.

Hoy, solo los pescaderos parecen contentos con la reubicación de sus puestos. “La verdad que nosotros, desde que nos camabiamos, estamos un poco mejor. Hay más venta porque estamos más cerca de la calle, atendemos a más gente y hay entusiasmo por vender. Antes estabamos metidos muy al fondo y se hacía medio difícil”, comenta un puestero que prefiere no dar nombres.

La novedad es que en el lugar donde no hace mucho se ubicaban las pescaderías se abrirá dentro de poco un comedor infantil para chicos de la calle y una guardería para que las madres puesteras puedan dejar a sus hijos mientras trabajan. “Todos van a colaborar de alguna manera”, asegura Miguel Maldonado, dueño de una pizzería ubicada en medio de los puestos de carnes. “Lo que me importa es que los chicos tengan un lugar, por ahí, a los que trabajen se los pueda nombrar para que su trabajo sea más estable y mejor remunerado. Pero eso es algo que se verá con el tiempo. Hasta ahora me dediqué a limpiar este lugar - que es inmenso - porque estaba lleno de ratas y los escombros te tapaban. Puse unos plásticos negros para separar los espacios y le voy a colocar unos ventiladores para que los chicos no sufran en el verano. Los puesteros van a colaborar con la comida, así que no va a faltar, y ya hay quienes se ofrecieron a trabajar en la cocina sin más retribución que la de estar haciendo una buena obra”.

Ahora los mercados mayoristas y minoristas - o que cumplen ambas funciones dependiendo del horario de carga y descarga de camiones - se extienden sobre la avenida San Martín. Casi llegando al Mercado Artesanal se ubica la feria más grande, básicamente mayorista, a la que Dora, por ejemplo, concurre cada mañana a comprar “los yuyos” (acelga, lechuga, achicoria). Sin embargo, es posible encontrarlas a lo largo de toda esa vía, una zona que para estos nuevos mercados, comienza al traspasar un viejo límite de la ciudad: Balderrama.

Y las historias seguramente continuarán su curso. Muchos de los que visitan el mercado que se levanta desde el siglo XIX sobre los predios donados por Paulina de López y Saturnino San Miguel aseguran que es algo así como “un nido de ratas” y que la suciedad es la norma entre sus calles. Quizás lo fue, en algún momento, pero si hoy lo recorre puede que se sorprenda no solo por la limpieza de sus calles sino por la variedad y el tamaño de las frutas y verduras, la calidad de las carnes y pescados, y los precios. Mucho más si llega un sábado por la tarde, sea el San Miguel o cualquier otro. Después, puede que se quede comiendo una humita, un tamal, en uno de los bares al paso, luego de superar el acoso inicial de los vendedores, o finalmente optar por la inconfundible pizza con jugo (de granadina o naranja) y ají, siempre a del gusto del cliente.