Célebre por sus hermosas carrozas, la fiesta se ha convertido en un lugar común donde representar las diversas manifestaciones culturales de esa zona central del Valle de Lerma.


Hay quienes aseguran que este evento supera la centena de años. Para los historiadores interesados en el pasado de esa localidad, la noticia mas antigua proviene del año 1871, cuando la carpa de Alejo Arias pasó a formar parte de la crónica policial de la época debido a un hecho de sangre que tuvo lugar en la puerta de ese local bailable. 1925 es la próxima fecha. Fotografías de la época muestran bellas damas adornadas con flores aterciopeladas montadas sobre vehículos de principios de siglo. Esas fueron las primeras carrozas y los primeros registros visuales que se pueden apreciar actualmente.

Las décadas siguientes encuentran al Carnaval de Cerrillos a pleno color. La Carpa de Doña Mica, Las 7 Argollas, la Carpa de Humacata, de Torres, y las célebres “La Cerrillana” y “El Chañarcito” que cubrieron de gloria esta fiesta de pueblo desde la década del ´30 hasta cerca de los ´70. “La Cerrillana”, inmortalizada en una zamba de Los Chalchaleros, fue una de las más importantes y congregó, como las demás, a muchas orquestas de música ciudadana, figuras del folcklore local y cantantes varios.

La gente entraba a las Carpas a bailar y divertirse mientras los mas grandes acomodaban sus sillas en las afueras del predio para disfrutar visualmente de la fiesta. El juego con agua no fue importante hasta 1960. Antes, los cerrillanos se tiraban con flores, papel picado y ramitas de albahaca. Las comparsas y murgas que participaban del Corso junto a las carrozas, satirizaban a algún personaje del pueblo y tenían mas relación con la cultura local.


Estos últimos 20 años han cambiado por completo el panorama festivo. Hoy ya no se escucha tango y folcklore en ellas, sino salsa y cumbia; la gente no puede acomodar sus sillas en las afueras porque ahora los predios son cerrados a la vista de cualquier transeúnte. El agua, el harina, la témpera, las bombuchas (hasta congeladas)y un Rey Momo directamente apuntado a los ojos ocupan el primer lugar en la escena de los juegos de carnaval.
El carnaval no es una fiesta que se vive solo en el mes de febrero. La gente que forma parte de las bandas que desfilarán durante varias noches, los murgueros, los caporales, las legendarias comparsas con reminiscencia indígena. Vienen armando el espectáculo desde hace meses, aunque con mayor fuerza durante el mes de enero.


Noche de por medio, el sonido de los tambores y las cajas, y los cánticos alusivos que los acompañarán, han estado retumbando por las barriadas aledañas o alejadas del casco céntrico. Mientras sus luthiers fabricaban los tambores, mientras sus mujeres combinaban las telas para crear esos vistosos trajes y gorros, mientras los días achicaron el calendario, familias enteras se acercaron hasta los centros deportivos vecinales para mirarlos más de cerca, sin trajes y sin máscaras.

Las diabladas (más características en Tilcara y Purmamarca), el simbolismo del carnaval, las necesidades de expresión, de encuentro, de desencuentros, todas están insertas en el carnaval. Claro que ya llegará el desentierro y las carpas de Cerrillos estarán repletas de esa gente morena o negra que se tira harina, bombuchas, agua entintada con tempera, espuma y la infaltable albahaca para desahogar el alma antes del año que después verdaderamente inicia.



En el rito también aparecerán otras carpas, menos bulliciosas y más familiares, como la del Bagualero Vázquez, que en Villa Primavera o en cualquier lugar del Valle de Lerma estará despierta todo un día mientras los hombres del bandoneón y las mujeres presurosas, se mezclarán en las hileras para bailar sin más goce que el de estar juntos. Allá tan solo habrá harina, albahaca y algo de espuma que será tirada por un niño quien jamás buscará los ojos para causar algo de daño.


Así es el carnaval, mientras se gesta, mientras se anuncia, y será aún más grande cuando la oleada en este febrero que arranca haga que el mar aparezca algo picado, quizás sombrío, quizá enloquecido, quizá pasado de tanto alcohol, tanto vino o tanta chicha. Será cuestión de andar buscando por los alrededores urbanos de la capital salteña o por las quebradas y valles vecinos, algún rito que nos haga bien y nos saque el diablo que llevamos dentro.

En la musicalidad de Tomás Ríos esta el sentir del hombre criado entre cerros y sonidos del viento que se cuelan por paredes de roca. Será por eso que su sola presencia en un escenario, basta para reflejar la algarabía del carnaval - que comienza dentro de poco - y el carácter simple que adquiere una persona que se desarrolló en contacto con una particular mezcla de naturaleza y cultura.


La quebrada comunica un área de las mesetas del altiplano, donde habitan los hombres-sal y el viento blanco, con los valles semiáridos de Humahuaca. Sus costumbres, ritos y pensamientos, dan forman a la idiosincrasia que ha alejado a sus hijos naturales del presuroso viaje de las grandes urbes y de la materialidad que en ellas puede adquirir el alma humana.

Lipán, al sudoeste de la provincia de Jujuy, conecta justamente el valle encajonado de Purmamarca con la altipampa norandina que lleva a Atacama (Chile) por el Paso de Sico. Su nombre denota un “paraje escasamente poblado” y a su vez connota un espacio social donde las familias siguen estableciendo relaciones comerciales a través del trueque. Claro que no es la única forma: el turismo y los beneficios que se desprenden del hecho que la Quebrada de Humahuaca sea hoy Patrimonio de la Humanidad han colaborado en el proceso de aprender a mejorar su calidad de vida.


“Allá vivían mi tatarabuelo y mi bisabuelo. Todos nacieron arriba, todos de apellido Ríos. Como dice un hermano mayor mío, que les hizo una copla: “Inés hijo de los indios, padre de Salomé, Salomé padre de Florencio y Florencio padre de mí”. Fue en homenaje a mis ancestros que adopte Lipán como apellido artístico”.

Tomás, hombre maduro, de cara ancha, labios gruesos y piel morena. “Soy un músico nato”, comenta mientras hilvana las palabras pausadamente. “Mi padre tocaba el erke, la quena, el siku, en mi casa siempre había instrumentos, se hacia música. Por eso a veces creo que ya en el vientre de mi madre ya estaba con ella”.

Lo que nunca imaginó en esos días coloridos de carnaval y festividades típicas, fue la trascendencia que alcanzaría su obra y su nombre en un radio que abarca varios puntos del planeta: desde el centro-oeste latinoamericano, pasando por Buenos Aires, hasta llegar a la antigua Berlín Occidental al Muro o a la remota Tokio.



“Yo me pasaba semanas enteras tocando en los carnavales, por la satisfacción de hacerlo, no porque me iban a pagar. Ver que la gente se alegraba y se divertía era para mí una gran satisfacción. Iba a tocar la quena y cantaba los villancicos con los chicos que, como yo, adoraban al niñito Dios”. Comenta sobre sus marchas con las bandas de Sikuris hacia Punta Corral porque sabe que todo aquello lo ha nutrido. “Lo más importante de mi vida lo aprendí entonces, porque no comencé tocando por una cuestión comercial, para aparentar tal vez, sino por el gusto de hacerlo”. Es su manera de rendir tributo y mostrar al público de la gran urbe toda esa gran tribu de artistas que pertenecen esta quebrada Yacoraite.
Son muchos los jóvenes israelíes que llegan a Salta en condición de viajeros-turistas. Los hostales se llenan de ellos, especialmente durante las temporadas bajas. A veces Diciembre, a veces Junio...pero durante todo el año ellos aparecen aquí y allá. Es muy notable la concentración de éste flujo particular de visitantes. Normalmente, eligen alojarse en hostales de la capital salteña. Quienes manejan esta franja de alojamientos (los más baratos del mercado) han llegado a dividir sus opiniones entre quienes los acepta como clientes, quienes los rechaza, y quienes se guardan el derecho de admitir sólo a un número reducido de ellos, argumentando que “cuando viajan solos tienen otra cabeza”. Esta división también llega a las agencias de turismo, y a las agencias que rentan automóviles: hay un porcentaje ellas en cada opinión.

El promedio de viajeros israelíes reúne las siguientes características: son muy jóvenes (18 a 23 años máximo), recién salidos de un servicio militar que les insume 3 años de su vida (sin importar el sexo), viajan en grupos generalmente mixtos, y se han ganado la mala reputación de ser grandes “destrozones”. Sus destrozos incluye baños y cocinas de los hostales donde se alojan, automóviles rentados, bicicletas rentadas ... y se extiende a un conjunto de "clásicas" conductas conflictivas como no respetar la necesidad de descanso o silencio de “los otros”, incluirse dentro de los que “beben demasiado”, más una “cultura de la negociación” que llega a causar disgustos entre los trabajadores locales del sector.



En lo personal, durante los años que llevo alquilando bicicletas y, particularmente, hasta finales de 2006 (año en que dejé de alquilarlas por día o medio día), acumulé muchas anécdotas, furias, enojos y unas pocas lecciones fuera de la regla. Uno de los enojos se dio durante el proceso de alquiler de una bicicleta. Un chico de unos 21 años quería llevarse la bicicleta a Cafayate, para hacer el recorrido de la Quebrada desde el sitio conocido como el Anfiteatro hasta el pueblo. Por supuesto que peleaba el precio del alquiler y, conociendo los problemas que podía acarrearme alquilarle a un “israelí” ya tenía como regla decir no. Uno de los argumentos del muchacho para tratar de convencerme fue decirme (a las 10 de la noche, horario en que pidió le llevaran la bicicleta al Hostal) que debía hacerle un descuento porque “el pueblo de Israel había sido perseguido durante siglos y que habían sido víctimas del Holocausto”. Básicamente frené sus comentarios, pero quedé sorprendida porque me di cuenta (a esa altura había visto a muchos de ellos) que eran realmente capaces de utilizar la victimización para absolutamente todo. No hizo el comentario en broma.

Otras veces me ocurrieron múltiples roturas en las bicicletas que ellos se negaban en pagar. De grupos de 6 bicicletas (incluso más) llegaban siempre una mitad en malas condiciones, con piezas rotas que pasaron a formar parte del listado de sorpresas de mi mecánico. Eso me llevó a diseñar un contrato de alquiler muy orientado hacia estos clientes conflictivos. Esta sucesión de destrozos, además me hizo llegar a preguntarle al cliente de ocasión, “¿por qué?” ... sin encontrar una respuesta honesta o al menos coherente. Un sólo grupo que se fue a San Lorenzo agradeció toda la tarea realizada para que su tarde fuera una grata experiencia. Mandaron algunos meses mas tarde un e-mail con fotos.




Llegó una vez en que salí como guía con 4 muchachos hacia San Lorenzo con parada en Lomas de Medeiros. En Loma Balcón (un mirador dentro de esa reserva natural y el lugar donde normalmente paraba para hacer un alto en el recorrido), me puse a charlar y directamente les pregunté porque el servicio militar de 3 años. La respuesta de uno de ellos fue contundente: “Somos un pueblo de 5 millones de personas que tiene que defenderse de sus vecinos”. Y lo dijo enojado, casi al borde de la ofensa por hacer una pregunta “tan obvia”.

Sin embargo, una vez llegó una pareja muy joven dispuesta a realizar un tour, esta vez por la zona de Finca La Lagunilla. El alto durante el recorrido era en el interior de ese hermoso lugar, junto a la laguna. Siempre que me tocaban israelíes en circuito trataba de charlar con ellos. Esta vez, el muchacho me respondió de modo diferente. Contó que su padre y su abuelo tenían una visión diferente que habían compartido con él, porque hace 40 o 50 años atrás, árabes e israelíes convivían juntos sin problemas (todavía el contexto eran las consecuencias de las Torres Gemelas, no la Franja de Gaza). Incluso llegó a hacerme el comentario que le sorprendía ver que en Salta existía una pacífica convivencia entre miembros de la comunidad árabe radicada aquí, sirios y judíos. La charla con estos muchachos fue una perla, una excepción a la regla en una larga sucesión de personas convencidas que el mundo era un gran campo de combate en donde “todos” estaban contra “ellos”.

En estos primeros días de Enero de 2009, la masacre en la Franja de Gaza me hizo pensar en todos esos muchachos que conocí, porque sin duda forman parte del grueso de reservistas que Israel convoca para realizar su matanza. El pueblo de Israel en una gran mayoría está convencido que hace lo correcto, mientras muchos millones de personas se preguntan ¿qué les pasó?. Cuando en cualquier canal aparece un documental o una película que evoca la tortura a la que fueron sometidos por el nazismo, y luego en el zapping se cruzan las imágenes del conflicto en los noticieros se hace aún más difícil entender ¿por qué?... ¿en qué se han convertido? ... ¿qué ha pasado puertas adentro de Israel que uno no sabe y/o no comprende? ... ¿Toda la opinión pública israelí avala estas acciones?...



En éstos días, encontré un graffiti en algunas paredes de casas en San Lorenzo, una muy turística y visitada villa veraniega al Oeste de la ciudad de Salta. Es sugestivo, muy sugestivo y hace pensar sobre si Israel, que obtuvo su territorio a fines de la Segunda Guerra Mundial, no está embarcado en ésta suerte de locura tan sólo por lograr extenderlo y en nombre de cualquier argumento posible (étnico, religioso, ...). ¿Advierten que en décadas o siglos más pueden volver a ser un pueblo sin patria física, sin lugar en el mundo?. Hoy, la percepción social se inclina a verlos fundamentalmente, como el resultado de la profunda derechización de sus ciudadanos, que los convierte, 60 años después del Holocausto, en personas tan radicales y despiadadas como quienes validaron (como status quo) aquellos procedimientos de la Alemania Nazi.

La nieve estaba en el aire. Los copos no se habían formado aún, pero toda la vegetación estaba cubierta por unas cuantas capas de hielo que se iba depositando en la medida del viento y de la temperatura. A las 9 de la mañana, el termómetro de “Margarita”, uno de los paradores que se encuentra al pie de la Cuesta del Obispo, marcaba 4 grados bajo cero. Nosotras íbamos en viaje: la guía un poco preocupada por el paisaje y por hecho de que la excursión había sido contratada para bajar la Cuesta del Obispo, la acompañante, una turista oriunda de Buenos Aires, dormía profundamente desde el desayuno, es decir, hacía una hora. Cuando los choferes del colectivo terminaron su descanso, subieron al coche y comenzaron a moverlo para ascender la Cuesta, Silvana se despertó y la guía le dio el anuncio: “Tengo noticias meteorológicas”, le decía mientras ella terminaba de despertarse. “Eso que ves ahí afuera, en la rama de los árboles, es nieve”. (La foto que sigue es ilustrativa. Pertenece a otra nevada muy cerca de Piedra de Molino).


Primero no supo que decir. Pero cuando miró, lo que aparecía detrás de la ventanilla era espectacular. “Un paisaje navideño, como cuando estás soñando y vas viajando por unos pasadizos como estos”, diría en el camino. En el otro coche que regresaba a Salta desde Cachi venía viajando Karina, otra turista oriunda de Buenos Aires que iba a encontrarnos en Piedra de Molino. Claro que con esas condiciones climáticas iba a estar verdaderamente petrificada para cuando llegáramos: el colectivo que baja pasa por ese punto alto (3348 metros sobre el nivel del mar) a las 10 de la mañana, el que sube hacia Cachi, lo atraviesa alrededor de las 10:30.




El chofer fue el primero en advertir lo desafortunado de la situación y por radio preguntó al otro coche de la empresa si nosotras estábamos viajando de subida. Decidimos entonces que cuando los colectivos se encontraran, Karina cambiaría de coche. Y así ocurrió. Mientras tanto nuestro ascenso era espectacular: la cuesta en tinieblas (no se veía a mas de 2 metros), cubierta por todos lados por el colchón de nubes que, por estar navegando a esa altura, era retenido por esta especie de primer retén montañoso de la precordillera. Al pasar Piedra de Molino, las nubes todavía permanecía en el Valle Calchaquí, pero al dejar atrás el paraje Cachipampa, muy cerca de la Recta del Tin Tin, el cielo azul se abrió, el sol resaltó los colores del paisaje y la particular atmósfera creada por las nubes en retirada (el día anterior estaba nublado hasta el mismo Cachi) nos otorgaría una claridad visual verdaderamente especial.


Así llegamos hasta el final de la Recta, ascendiendo con el colectivo y cuando nos bajamos la perspectiva cambió. En unos minutos estábamos sentadas con el paisaje de montañas coloridas en frente, tomando café con galletas y disfrutando del sol. Pasaron camionetas, combis con turistas y nosotras bromeábamos pensando que ellos irían diciendo: “Qué aguerridas esas chicas”. Al rato, una vez que las bicicletas estuvieron listas y el equipo ensillado en el portaequipaje, comenzamos a bajar hacia el valle.


Ese tramo de la ruta es verdaderamente espectacular: son 33 kilómetros hasta Cachi en pavimento, de los cuales 23 forman parte de un descenso en pendiente absoluta que culminan en Payogasta, un pequeño pueblito ubicado a 10 kilómetros de la capital calchaquí. Las chicas no podían creer lo que veían y mucho menos la magia que les otorgaba el irlo disfrutando en bicicleta: el viento en la cara (frío, claro), los sonidos de un paisaje imponente, los picos que forman la cadena montañosa que corona el Nevado de Cachi; el camino que lleva a La Poma apareciendo como una línea diminuta a la derecha del campo visual y una mancha verdosa con puntitos blancos a la izquierda, que era, al fin de cuentas, nuestro destino.


Cuando dejamos de zigzaguear comenzó otra recta mas o menos donde una señal de tránsito indica que el viento puede ser muy fuerte en dirección norte-sur o sur-norte con un dibujo que se parece mas bien a un hombrecito despeinado. A Karina le llamó la atención y por un momento también creyó que la señal era mas bien una caricatura.


Llegamos a Payogasta y paramos en la plaza del pueblo. De a poco, mientras armábamos un buen almuerzo (que consistía en panes, tomates y paltas, jamón, queso y café) algunos pobladores que cruzaban por allí nos saludaban. Hasta los chicos lo hacían, con mucha naturalidad, mientras seguían su rumbo. Estuvimos allí un rato hasta que decidimos que era tiempo de partir rumbo a Cachi para tomar el colectivo que nos llevaría de regreso a Salta.


Una vez a bordo y después de que las chicas se revelaran como unas verdaderas atletas en el camino ondulante que une Payogasta con Cachi, comenzamos a desandarlo en el Marcos Rueda. Mientras íbamos llegando a Piedra de Molino se hacía más grande la ansiedad por saber si, al final de cuentas, la cuesta estaría todavía envuelta en nubes. Todo iba bien hasta Piedra de Molino, el sol seguía ahí y el cielo azul no daba indicios de nada, solo unas nubecitas negras que se escapaban entre unos picos. Pero al doblar estaban allí: dos kilómetros más abajo, exactamente en la entrada hacia el Valle Encantado comenzaba el manto de nubes que prometía aumentar en densidad en el descenso. Con todo, decidí que íbamos a hacerlo (rodar cuesta abajo pero en dos ruedas) y le pedí al chofer que le avisara al vehículo que nos esperaba en El Maray que subiera buscándonos.




Bajamos del colectivo, bajamos las bicicletas, bajamos el equipo. Bajó una pareja que venía de Cachi a sacarnos fotos (“Las locas de las bicis”, era un título posible). Mientras ellas se sacaron fotos, saludaron al coche que desaparecía en las nubes, hicieron una “escala técnica”, se abrigaron bien y comenzamos a bajar. Las reglas eran: despacio, conservando la derecha, siguiendo las instrucciones del guía (porque hay unas curvas herradura), sin separarse demasiado y, al mismo tiempo, disfrutando.


A medida que nos adentrábamos en las nubes sucedieron dos cosas: primero las manos se congelaban lentamente (a pesar de los guantes) y, al mismo tiempo, comenzamos a llenarnos de escarchas: pelo blanco, pestañas blancas, toda la ropa llena de diminutas partículas de hielo, y muchas risas al mirarnos unas a otras.


La primera en aflojar fue Karina, que muy pronto preguntó: “Y el auto, ¿ya viene?”. Bajamos unos diez kilómetros (de los 22 que posee la Cuesta) y nos refugiamos en una casita al lado del camino. El calentador le permitió a Karina recuperar la sensibilidad de sus manos mientras el café (un tiempito después) la recuperó del frío. No pasaron quince minutos cuando llegó Juan al volante de su taxi. El nos esperaba en El Maray.


Mientras se reía de nuestra apariencia, comenzó a cargar el equipo. Desarmamos las bicicletas, juntamos todas las cosas, las metimos en el baúl, las ruedas en una parte del auto y regresamos a Salta. En El Maray tomamos chocolate al lado de una chimenea, con una Karina que ahora ya se reía. Llegamos a Salta cerca de las ocho y media de la noche. En el hostal donde se alojaban las chicas, no podían creerlo: el día más frío del año ellas habían bajado la Cuesta del Obispo en medio de una nube de aguanieve condensada.


Nada mal para una experiencia que seguramente, no olvidarán en sus vidas.

When I arrived in Salta I had only little ideas about what to do. After one day in San Lorenzo (the place 6 km from Salta, where most backpackers go for a day's cycling) where they did not even let me go for a proper walk in the national park without a guide I decided that I needed a more independant form of enjoying the surroundings of Salta. My second thought was to get some good exercise as preparation for climbing mount Aconcagua.

The solution came when I got hold of a flyer of Bici Norte and phoned Analia who immediately came to see me in the hostel, bringing maps, bus schedules and any information you could have needed. After I had told her what I had in mind we started some planning together. Her original idea that I might take a bus up to the “Piedra de Molino” and then cycle down to Cachi was rejected by me because it sounded to easy.


In the end we agreed that I should go to the bottom of the "Cuesta del Obispo", thus skipping a day's cycling into “Los Cardones” National Park on the road from Salta. As the bus had already gone Analia arranged some transport so I could get there the same day. The bicycle was checked and prepared, I even got some saddle bags for my luggage, straps to fix my tent and sleeping bag as well as a helmet.

I arrived in the afternoon at my destination and immediately set off for the “Cuesta del Obispo”, the unpaved road up to “Piedra de Molino” (3348 msnm), a continuous ascent of more than 1000m of altitude in only 22km. Although I often doubted it that I would ever arrive up there I kept going up enjoying the spectacular landscape and the beginning of the sunset, realizing that it would be a cold night up there once the sun had gone down. When I finally arrived at the pass I could only celebrate for a cigarette length because it was almost dark by now and the wind was freezing.

As Analia had said there was a little house of the national park guard 1 km down the road where I would have been allowed to camp. Luckily, the guard was in and invited me to sleep inside, after some good cups of hot tea and a long and interesting chat about Argentina's National Parks in general and especially the Salta Area. He had done a bicycle trip down to Cafayate 2 weeks ago and knew the area quite well, confirming Analia's information about the bad state of the road .

Because of that I set off for (San Lorenzo) the next morning, riding through a fascinating red landscape full of cactae and dryness with still hardly any traffic around. The bad state of the road had had its influence on the back wheel by then but luckily I had also gotten some tools for the bike and could fix it without problems.


After a quiet and peaceful rest in (San Lorenzo) I decided to go on further to Cachi because it was still early. The recommended municipal camp site (with swimming pool) turned out to be an excellent spot not only to sleep but also to watch the lunar eclipse which took place that night.


The next morning I realized that I liked Cachi too much to leave soon, had delicious coffee in the square and spent long time in the museum which not only had a surprisingly big collection of archeological findings but also an interesting exhibition about precolumbian and today's pottery and kitchen gear as it is still used in the little communities around Cachi. The comparison's result: Forms and usage have hardly changed, only the quality is lacking now due to new production techniques.

By then it was noon and the bus gone, so I called Analia in order to tell her that I would need the bicycle for one more day and set off for the Piedra de Molino again. Calculating that the altitude would be stretched for 60 km this time I thought the ascent would be less demanding this time as soon as I would reach the plane again where I had turned off to (San Lorenzo) the day before.

Unfortunately, I had not thought of the wind. It caught me right in the face once I had successfully managed the ascent from Cachi to the plane. Even if they are paved, 18 km of straight road can be quite endless with no chance to escape from the wind which seemed to come straight to the pacific.

After eating my last chocolate cookie supplies in the non-existing wind shade of a huge cactus I started for the final ascent. Back to the dirt road again, still with the wind in my face and this time going up. I thought back of the German cyclist with whom I had a chat when we met on the road. Coming from the opposite direction he had warned me that I would not make it to Piedra de Molino that day (talking about kilometers, average speed and daylight hours in this typical male number-obsessed way) and I had laughed.

Going up to the pass felt more like walking this time, step by step in the lowest gear, but that is what mountain bikes are for, in the end. My secret hope that the national park guard would invite me for hot tea again was not fulfilled because he was not in, so I decided to go further down to the bottom of the Cuesta del Obispo in order to find a warmer place to sleep at.

Calculating that I had still almost an hour of daylight I started my descent from the pass after I had tugged a newspaper under my shirt (had seen this as a Tour-de-France technique on TV and never thought about ever since until that day) and used my spare pair of socks as gloves.
Unfortunately, the newspaper did not help me equalling the professional descending speed, instead I rode deeper and deeper into the dark until I only felt the road instead of seeing it. Had I ever gone up here only two days ago? I believed it only when I finally arrived at the little restaurant where I had started from and where they let me sleep on a bench outside - the least they could do after the disappointment that they had neither tea nor beer for me.


Next day's cycling out of the park and back to Salta again was so relaxed and beautiful that I did not envy the oncoming tour buses at all, on the contrary. Apart from the few truck and bus drivers who tried to kill me once I was back on the main road again, even this last bit was nice enough, stopping over in little villages on the way and trying to make up for all the lost calories.

A perfect trip, which would never have been possible without Analia's bike and her helpful and competent support.

Good luck for the future,
Alexandra
DEEL 1 : IN HET SPOOR VAN DE TREN A LAS NUBES
(Trein naar de wolken, een van de drie hoogste spoorlijnen ter wereld)
Datum : 18, 19 en 20 mei 2002
Plaats : Salta, Noord-West Argentinie.



Op 14 mei belandden Karin en ik tijdens onze tournee door Zuid-Amerika in Salta. Deze plaats van ongeveer 500.000 inwoners in Noord-West Argentinië is bekend met name om z'n trein naar de wolken (Tren a las Nubes). En wij wilden deze trein wel eens uit proberen en dan met vooral de veel spannendere goederentrein tot aan Socompa door 21 tunnels, 13 bruggen de vele loops van 1187 tot 4475 meter. Helaas, hij reed niet aankomende zaterdag, pas de week er op vanwege de opeens 3 keer zo duur geworden spare parts uit het buitenland . Dat was een streep door de rekening.

Dan maar iets anders verzinnen. Dat anders werd mountainbiken! Met name omdat we al zo lang niet gefietst hadden. Wij gingen het traject van dit stukje spoorweg-meesterwerk fietsen. Prachtig toch ? En dit alles onder de bezielende leiding van Analia, die voor een gebalanceerd traject had gezorgd. (Voor de genoemde plaatsen zie de bijgevoegde kaart.) Op zaterdag middag om 14.30 uur stond zij met een taxi voor de deur. Achterin de kofferbak zaten 3 mountainbike fietsen deskundig opgestapeld. Hoe ze dat voor elkaar gekregen had, wisten noch de chauffeur noch wij te vertellen maar het paste allemaal precies. Op naar het busstation alwaar de bus naar San Antonio de los Cobres (een mijnwerkersstadje) klaar stond. Twee broers (zeker weten of ze broers zijn weet ik niet) beheerden dit buslijntje, El Quebradeno. Het was een oude Mercedes bus met stoere neus.

De fietsen gingen op het dak, en wij nestelden ons tussen de lokale bevolking in. Naar San Antonio de los Cobres is het ongeveer 168 km. Het hoogteverschil dat overwonnen moet worden was 3775 -1200 = 2575 meter. Dit gingen we dus allemaal downhillen. Met name Karin was hier heel blij mee, zij was niet zo getraind en had geen zin om 168 km omhoog te fietsen. In San Antonio was het koud, zeg maar ver onder nul. Het aantal kleren dat Analia voorschreef was verschrikkelijk veel: 2 katoenen shirts, 2 broeken, 2 fleeces, 1 poncho, 2 paar handschoenen, en een heleboel windstopper. Maar het was allemaal erg nodig.

Tijdens het nacht kreeg ik wat hoofdpijn vanwege het hoogteverschil maar dat ging vrij snel over. De volgende ochtend was het eerst naar de beroemde La Polvorilla brug, 68 m hoog met ingebouwde bocht op 4190 m hoogte. Daar was het enorm koud en was de wind van het formaat storm. Er overheen lopen was verboden door Analia, we zouden als veertjes er vanaf waaien. Hier begint ook de 'puna' (woestijnachtige hoogvlakte op 4000 meter) met zijn zoutmeren, Pocitos en Arizaro, naar Socompa aan de grens met Chili. Na het aanschouwen van dit techniscshe hoogstandje uit de 19e eeuw werd het echt tijd voor ..........FIETSEN !


Het stukje van San Antonio naar de Abra Blanca, op 4080 m hoogte, deden we niet met de fiets, daarvoor hadden we te weinig tijd. De Quebradeno bus zette ons af op Abra Blanca op 4080 meter hoogte, even ten zuiden van San Anatonio de los Cobres. Dit was dan ook gelijk de grootste hoogte waarop we tot nu toe met een fiets waren geweest , gedurende ons korte bestaan. Na het in gereedheid stellen van de fietsen, was het gaan met die banaan.(zie foto 1)
In duizelingwekkende vaart raasden wij naar beneden, langs het prachtige landschap met de vele kleuren.

Het woei enorm hard, maar gelukkig in de rug. Het ging ons dus bepaald voor de wind. En af en toe was het afremmen voor de vele haarspeldbochten die soms wat al te snel op ons afkwamen. We hadden alle meegenomen kleren zowat aan, maar nu begon het klimaat wat milder te wezen. Ook vertoonden zich cactussen toen we de 3500 meter grens overschreden. Deze taaie planten van de woestijn groeien tussen de 800 en 3500 meter hoogte, met ongeveer 1 centimeter per jaar. Een catus van 7 meter hoogte is dus algauw 700 jaar bewoner van deze aardkloot.



Het eerste traject was van Abra Blanca naar Santa Rosa de Tastil op 3110 meter. Op dit stuk konden we weinig waarnemen van de trein die aan de andere kant van de bergrug liep. Des te meer zagen we honden, waar het best mee uitkijken was, vanwege hun jachtinstinct op allerlei passerende mountainbikers die hun territorium trotseerden. We hadden nog geen vaccinatie voor hondsdolheid op zak.

Een zo'n hondenavontuur beleefde Johan. Op een gegeven moment waren Karin en Analia zo'n 200 meter voorop en kwamen twee bloeddorstige honden vol gepassioneerd aanstormen op Johan's sneldraaiende mountainbikevoorwiel. En ja hoor, het was zover. Een was niet te redden en Johan reed met volle vaart over de kop van het beest heen. Johan kon zich nog ternauwernood overeind houden.Achteruitkijkende zag hij een van de honden geshockeerd en kermend op de weg liggen. "Eerst Karin en Analia waarschuwen", en dan terugfietsen. Bij het huis aangekomen bleek de hond gelukkig al weer kwispelend rond te lopen. "Gelukkig maar", dacht Johan en we vervolgden de weg naar Tastil.

Na goed anderhalf uur kwamen we dan in volle vaart Santa Rosa de Tastil binnengestoven. Dit plaatsje, bekend om z'n pre-inca ruines, was onze finish voor de eerste dag. We waren vliegensvlug door de Quebrada de las Cuevas gesuisd. Maar ik had een paar mooie foto's van het steeds wisselende landschap en velden met reuze cactussen gemaakt. Een werkelijk prachtig ravijn om door heen te mogen fietsen (zie foto 2). Af en toe een adobe huisje en je vraagt je meteen af waar die mensen van leven. De regio zit vol met mijnactiviteiten. De kleuren van bergen herinneren je hieraan. Groen, kopererts, geel zwavelerts, rood ijzererts, blauw mangaanerts. Alles destijds in de Jura ontstaan.

Na de heerlijke humitas (een soort maispuree gewikkeld in maisbladen) van Analia en een kennismaking met de huislama Perito gingen we wandelen richting de petrogliefen. Deze rotstekeningen waren gemaakt door de bewoners van de pre-inca stad nu de grootste ruine in de regio, Santa rosa de Tastil. Het antropologisch museum in dit gehucht beschikt ook over een aantal kamers om te logeren en een restaurant om in te eten en drinken. Was de wind stormachtig gedurende de hele dag geweest, nu viel er 's nachts toch echt een boom om. En geen kleintje zoals in de ochtend bleek. Op 4 meter vanaf ons adobe (kleien) kamertje was hij omgevallen. Gelukkig maar. Snel de fietsen weer in orde en we begonnen aan de volgende etappe, die naar Campo Quiano dwars door de Quebrada del Toro.

Was de route van de vorige dag vrij stijl naar beneden gegaan en geasfalteerd, vandaag zou dat anders zijn. Veelal was de weg vlak en soms kwam de wind van voren en gravel was het oppervlak. Maar ja, daarom bereden we ook mountainbikes. Wat erg leuk was, waren de vele leuke capelletjes, langs de weg in ieder gehucht waar we langs fietsten. Hier was niks van de crisis in Argentinie te merken, alles ging lekker z'n gangetje. Een prachtig kleurig landschap viel ons ten deel in de puerta Tastil. Prachtig om hier doorheen te fietsen, zo'n mooie omgeving. Op de fiets krijg je alle tijd om alles te bekijken, nog veel beter dan vanuit de trein eigenlijk, ook de tunnels en bruggen. Maar goed dat we fietsten (zie foto 3). In Alfaraito kocht Analia kaas, brood, tomaten en mayonaise in voor de latere lunch. Wij bekeken het mooie kerkje aldaar en hup op de mountainbike richting de werkelijk schitterend kleurvolle Quebrada del toro (stierravijn) waarbij we voor het eerst het spoor weer kruisten om vanaf daar langs het spoor en af en toe het spoor te kruisen of zelfs te volgen tot Campo Quijano. Onderweg zagen we bevoorradingsstations van de vroegere stoomlocs voor water en olie.


Via Puerta Tastil, Gobernador Sola op 2556 m hoogte naar Ingeniero Maury. De enorm sterke wind van achter hielp ons hier aardig bij. Gelukkig was het helder en een strakblauwe hemel. En Johan maar foto's maken van dit wondermooie fietstochtje. Dit maakte Karin niet al te gelukkig aangezien zij spaarzaam met filmrolletjes wil omgaan. Ingeniero Maury was de toenmalige projectleider tijdens de bouw van deze steile stalen weg naar de Puna. Sommige rails zijn nog duidelijk gemerkt met het stempel van de Camel gieterij uit Sheffield in Engeland. Nog interessanter is de mythe van de opzichter Josip Broz die later naar Joegoslavië verhuisde om daar uiteindelijk als Marshal Tito aan de macht te komen.

Vlak na Ing. Maury werd de weg dan eindelijk onverhard, vol met het zogenaamde 'wasbordeffekt'. Deze hobbels ontstaan bij nat wegdek door accelerende voertuigen, en wij werden behoorlijk door elkaar gerammeld op onze 24"wieltjes. Gelukkig bracht een nostalgische lunch in de 19e eeuwse stationskamer van het stationnetje in Chorillos enige rust in onze ledematen (zie foto 4). Analia had met succes de stationschef gevraagd voor het nuttigen van de lunch in deze toepasselijke setting. Aan de oude stempeltafel schoven wij hongerig aan om heerlijke tomaat/kaas/mayonaise sandwiches naar binnen te schuiven. Na een bedankje reden we voor het eerst richting donkere wolken. Men had ons reeds medegedeeld dat het in Salta regende. Nu kwam het echte spoorlijn volggedeelte.

Van zeer dichtbij volgden ingenieuze tunnels, bruggen en cirkelconstructies elkaar op, waardoor de trein snel aan hoogte wint. Ook was de gravelweg nu gewoon horizontaal en soms zelfs lichtjes bergop.Het belangrijkste element in onze strijd tegen de elementen vormde nu de tegenwind. Karin had soms wat moeite met het wasbordoppervlak in de weg met name in steile afdalingen. Dan lag ze gelijk 100 meter achter.


Tot aan de laatste, of van beneden afgezien eerste, spoorbrug was de rit over de weg gegaan. Maar nu sloeg Analia met een big smile opeens rechtsaf richting deze 23 meter hoge, en 300 meter lange spoorbrug om er vol overgave overheen te gaan rijden. Dit lukte echter niet zo goed en we bewandelden tenslotte de brug maar.Maar aan de overkant konden we mooi tussen de rails fietsen. We vroegen Analia ongerust : "Hier rijden nu toch geen treinen hé ?" "Nee hoor, maak je maar niet ongerust, we kunnen toch altijd opzij springen." Leuk om te weten als je een lange onverlichte tunnel in fietst waar je dus niet opzij kunt springen. Ik zag me al in allerijl voor een trein de tunnel terug uitfietsen om maar niet overreden te worden door een dieselloc.
Na de nodige fietsstunts over gladde bruggen, heen en weer springen over de rails en een paar glibberpartijen, belanden we in de villabuurt van Campo Quijano om een vaak bezochte maar nu helaas gesloten Casa de Te uit te gaan proberen. Helaas, helaas er restte ons nu alleen nog maar het natte asfalt richting het natte centrum van Campo Quijano. Om beurten kregen we allen een douchebeurt plakkend aan het achterwiel van de voorganger om maar wat windvoordeel op te doen. Totaal hadden we 104 km gemountainbiked (de eerste dag +/- 44 km en de dag erna +/- 70 km ) De laatste 30 km werden per colectivo afgelegd.

Het werd een drukke bedoening in deze interurbane Peugeottaxi: 3 besmeurde mountainbikes in de kofferbak (alleen Analia kent de formule hiervoor, elke taxichauffeur moet ze weer overtuigen dat 3 mountainbikes in een kofferbak echt mogelijk is.), de kletsnatte en met modder beklede fietstassen, voorin de bijrijdersstoel twee Argentijnse dames op hoge leeftijd (niet besmeurd), en een olijke taxichaufeur die de Olandeses wel even naar Salta terug zou scheuren. Analia zuchtte diep en sprak de volgende woorden :"Zoiets kan alleen in Argentinie!" En wij grapten met in ons achterhoofd de mooie moutainbiketocht :"Heeft Argentinië dan ook andere dingen te bieden ?"

Johan Broersma, Salta, Argentinie
Voor belangstellenden hier het adres van Analia
Son casi nueve mil kilómetros cuadrados y no más de 30 islas que descansan en pleno altiplano boliviano. Dueño de innumerables leyendas, ellas hablan sobre ciudades enteras con suficiente oro y de plata que duermen bajo el agua y de sirenas de canto dulce y mortal. Lo cierto es que hoy, sobre la costa del segundo espejo más grande del continente, es posible hallar una mezcla de pasado, presente y futuro que nos terminará conectando con la raíz viva de nuestra historia americana.




Miran hacia el poniente, durante una apacible puesta de sol en febrero de algún año próximo a nosotros. Mascan coca, charlan poco y comparten el silencio, mientras el Titicaca, el lago sagrado, las envuelve con un aura especial.


No muy lejos de este instante rescatado en la foto que acompaña el artículo, una turista vive también un mágico momento a orillas del gran espejo: pedalea desde las playas del pueblo costero de Copacabana hasta el fin de la bahía en una bicicleta alquilada, la deja tirada sobre las piedras, se quita la ropa y se tira de cabeza – sin pensarlo demasiado - en las heladas aguas del Titicaca. Al salir, el viento frío y la temperatura del agua, se funden para dar un extraño calor, mientras sentada mira hacia la superficie del lago que parece fundirse en un mismo espacio con la bóveda celeste y piensa que la imagen se asemeja a una especie de gran vientre materno.


Estamos a más de 3800 metros de altura sobre el nivel del mar, en pleno altiplano boliviano, muy cerca del límite con el Perú y muy próximos también de la Isla del Titicaca o Isla del Sol, el mítico macizo de roca que no sólo dio origen a la dinastía de los Incas, sino que sirvió de refugio al Sol y a la Luna cuando en los oscuros tiempos de Chamacpacha, las tinieblas tomaron forma de diluvio y amenazaron con ahogar a los dos astros mitológicos.


Esas aguas azul turquesa, que ofrecen colores más intensos durante los meses invernales, fue el sitio de dónde emergió Viracocha, “Espuma del Lago”, “El que no tiene principio ni fin”, en síntesis, el gran dios acuático que nació bendecido por las frías aguas del “Puma de Piedra”.
Según los Incas, Viracocha vivía en el paraíso y desde allí sostenía al mundo, delegando a dioses menores funciones del universo y la humanidad. Era el gran "donante del arte", el creador del cielo, la tierra y las gentes que sobre ella habitaban. Para ello, había esculpido gigantescas figuras de piedra a las que posteriormente dio vida.


Con el tiempo los gigantes se rebelaron, negándose a trabajar. Entonces Viracocha los destruyó, a unos petrificándolos de nuevo, a otros ahogándolos en un horroroso diluvio. Sin embargo, salvó a dos de ellos y con su ayuda creó una nueva raza. Como el mundo estaba aun a oscuras y esto era malo, volvió al lago Titicaca y de allí saco al Sol y a la Luna. Por eso desde aquel momento, el mundo tiene luz durante el día gracias al Sol y durante algunas noches gracias a la Luna.


La leyenda va aún más lejos: Viracocha un buen día ordenó al Sol que enviara a sus hijos no sólo para que iluminaran a los ciegos el camino, sino para unir a la gente dispersa en la inmensidad de las mesetas de altura y fundar así un imperio. Los hijos del sol llegaron entonces a orillas del Titicaca. Eran Manco Cápac y Mama Ocllo, que permanecieron un tiempo en el extremo norte del mítico peñasco. Traían un bastón y una orden: en el lugar donde lo hundieran al primer golpe, fundarían el nuevo reino.


Desde el trono actuarían como su padre, que da la luz, la claridad y el calor, derrama la lluvia y el rocío, empuja las cosechas, multiplica las manadas y no deja pasar día sin visitar al mundo. Emprendieron entonces un largo viaje. “Por todas partes intentaron clavar el bastón de oro. La tierra los rebotaba y ellos seguían buscando. Escalaron cumbres y atravesaron correntadas y mesetas”, relata Eduardo Galeano en sus “Memorias del Fuego”.


“Todo lo que sus pies tocaban, se iba transformando: hacían fecundas las tierras áridas, secaban los pantanos y devolvían a los ríos sus cauces. Al alba, escoltaban las ocas, y los cóndores al atardecer. Por fin, junto al monte Wanakauri, los hijos del sol hundieron el bastón. Cuando la tierra lo tragó, un arco iris se alzó en el cielo”. Después convocaron a la gente de las mesetas de la puna. Ellos no lo sabían, pero siguieron a los hijos del sol a la todavía no nacida ciudad de Cuzco.

Uno de los internos del penal sostiene que en el pasado ese fue un lugar de retiro y que los años y las innovaciones de la arquitectura terminaron por tapar casi todos los vestigios de aquel noble sitio. “Estar acá es como tomarse un descanso”, dice sentado ya en el balcón de su celda, después de haber oficiado de guía en un tour por patios y pasillos. El cielo, las casas y las nieves eternas del Illimani cambian de color ... allá afuera.


El hombre dedica sus días a la crianza de dos de sus pequeños hijos que, desde hace un tiempo, viven con él. Hace más de 10 años que está dentro, cumpliendo una condena por terco o por confiar demasiado en su buena suerte. “Yo traía autos de Brasil, cuando en Bolivia te dejaban patentar un coche sin tener papeles”. Es sólo un capítulo en su historia.

Argentino, porteño, aventurero, descarado, frío, valiente, y también improvisado, le alquila el cuarto de abajo al Marsellés, un hombre de principios, pulso de hierro y gran corazón, que no vacilará - ni vaciló - jamás, por instinto o por razón, a la hora de cumplir con la misión de separar para siempre el alma de algún que otro cuerpo.

Los negocios del hombre en el penal no se reducen al arriendo de un espacio de la casa, que cuenta además con un entrepiso donde se encuentra - en diminuto - el cuarto de los chicos y la cocina. Alquila televisores a otros internos, maneja la renta de celdas propias y de terceros, y es segunda línea en el comercio de “pilcha”. Y no es que dentro del penal exista un mercado de pulgas, aunque cada patio tiene su restaurant, su billar, su kiosco de ventas de artículos varios y una que otra chola sentada en los rincones.

Como "la pilcha", las provisiones del día entran cada madrugada por las puertas de San Pedro. Altos paredones hechos de bloques de adobe cercan la manzana que hace de superficie y a cuyas cumbres es fácil llegar, trepar y también saltar. Pero nadie lo hace, más bien forma parte del imaginario colectivo. “Un día, cuando me canse, voy a salir volando de aquí en un aladelta”, amenaza el vecino de enfrente, un canadiense con aire a indio navajo que salió a husmear, subió al techo de chapa para conversar con los invitados, tomar sol y enseñar la ciudad. Ahora prepara panqueques. “¿De qué quieres el tuyo?”, dice en inglishñol. “Son cuatro bolivianos”, reafirma con los dedos.

Hay quienes dicen que las escuelas y los hospitales califican entre los mejores estetoscopios para auscultar a un país, aunque, sostienen: “el termómetro son sus cárceles”. El penal de San Pedro se ubica a dos cuadras de la Avenida del Prado, una de las arterias principales de La Paz, frente al parque del que tomó su nombre. Nunca fue un monasterio, un lugar de retiro para curas, ni nada por el estilo. Es el único edificio levantado a fines del siglo pasado con el claro objetivo de convertirse en penitenciaría. Su gestación tardó 11 años y 3 meses, y vio la luz brillante del altiplano paceño en febrero de 1897.


Según las épocas, los presos pasaron de condenados por delitos de hurto, robo a detenidos por razones políticas. Pero los escenarios han ido cambiando y, con él, el espectro de visitantes y la geografía del poder. El interés geopolítico que inspira Bolivia a potencias mundiales nunca fue casual, como tampoco lo es hoy con su presencia militar en aeropuertos, fronteras, o la selva de Yungas y el Chapare.

Todo boliviano promedio sabe que a Estados Unidos lo motiva el interés comercial no humanitario. Y lo sabe por cuestiones de la vida cotidiana y punto. El hecho que se difunda mundialmente la intención de erradicar las plantaciones de coca constituye sólo una verdad a medias. La ecuación es más simple: las plantaciones de coca deben permanecer acotadas - ni subir ni bajar - para que el valor de mercado, que marcan ciudades como Nueva York o continentes como Europa, mantengan las cifras dentro de márgenes convenientes. Esa es la simple historia desde que el negocio entró a la ilegalidad a principios del siglo XX.

Por eso en San Pedro conviven grandes, medianos y pequeños negociantes, casi todos dentro por cuestiones relacionadas con el tráfico de sustancias prohibidas o su posesión ilegal. Pocos conquistaron cimas y muchos fueron capturados por su llana condición de mulas.

Tolar Grande es un pueblo con personas que pueden contar fragmentos de muchas historias. Relatos de gente valiente, de gente silenciosa, a veces resignada, a veces abnegada. Gente que nació en la frontera misma entre la puna y el altiplano, sobre un piso que parte de los 3500 metros sobre el nivel del mar. Personas que conocen los rincones de esas altiplanicies andinas. Espacios que para el foráneo o primerizo siempre resultan asombrosos, incluso vírgenes.

Hay lugares que quedan grabados en la memoria. A menudo las facetas de su belleza se tornan inexplicables. Es el caso de las altiplanicies andinas. Inmensos salares y salinas entre arenales y rocas, picos volcánicos con bocas en calma aparente sellados con nieves eternas, y la sensación que ninguna criatura viva podría habitar o recorrer ese espacio infinito.


Tanto la puna como el altiplano del Noroeste Argentino aparecen desde hace siglos ante los ojos de nómades, exploradores, arrieros o viajeros como un reino donde tan sólo caben los términos absolutos. La historia del hombre sobre aquel territorio se escribe desde hace unos siglos, aunque sus líneas representen tan sólo un grano de arena si se compara con las huellas de sus etapas geológicas.

Los últimos trazos de historia humana se relacionan con el arreo de ganado en pie a Chile, pero principalmente con la explotación económica a escala de su suelo, es decir, gran parte de los siglos XIX y XX. Minas de boratos y sal, de azufre, de cobre, de sulfato de sodio, de manganeso, de litio, de oro; canteras de granulado volcánico, de mármol, de onix. Una variedad tan infinita como sus kilómetros cuadrados, que necesitó del ferrocarril y del trazado de rutas permanentes para hacer viable la extracción de recursos. Tolar Grande viene de todos estos cruces.

Nuevas oportunidades

Para llegar a este poblado desde la ciudad de Salta, hay que recorrer 380 kilómetros, atravesando primero la Quebrada del Toro y de Las Cuevas, luego pasar por el pueblo de San Antonio de los Cobres (hitos en la ruta del Tren a Las Nubes). Finalmente siguiendo caminos salpicados por pequeños grupos de casitas de adobe que se mimetizan en el árido paisaje. Todos aparecen sobre las rutas provinciales 129 y 27, que paulatinamente toman dirección sur-oeste.

Tolar Grande es un pueblo enclavado en la frontera entre la Puna salteña y el Altiplano andino, consolidado como pequeña urbe alrededor de la Estación del Ferrocarril Belgrano (Km. 1536), cuando la actividad minera estaba en pleno desarrollo. Pero durante la década del noventa, las cosas parecían no marchar bien. “Entre 1997 y 1998, sólo vivían 15 personas”, cuenta José Piu, el actual director de Turismo del Municipio.


Eran tiempos en los que la actividad minera, el motor económico para sus habitantes, no mostraba más impulso. Y como símbolo final de un ciclo, el tren carguero que partía desde Salta, llegaba hasta Socompa, y regresaba al mismo punto todas las semanas, dejó de correr pocos años más tarde. La gente lugareña comenzó entonces a migrar hacia otros lugares, principalmente los más jóvenes. Pasaron diez años desde aquel momento.

“Ahora el pueblo tiene unos 216 habitantes, y se contabilizan 450 sumando los parajes vecinos – enumera el funcionario que asumió en su cargo en Diciembre de 2007-. La escuela tiene 83 chicos que asisten entre Setiembre y Mayo. Va un profesor de inglés unos 4 meses al año y los ya adolescentes hacen su secundaria en San Antonio de Los Cobres”.

Esta vez el abanico de oportunidades se abrió, ya no de la mano de la minería, sino del turismo. Primero se organizó la comunidad con apoyo del extranjero, como la embajada de Francia. Luego, en 2004, apareció un refugio franco-argentino, AFAPUNA, con capacidad de ofrecerse como hito de calidad en los circuitos turísticos que involucraban en sus itinerarios clásicos sitios como Tolar Grande y sus alrededores, el Salar de Arizaro y el Cono de Arita, todos ellos en ruta a Antofagasta de la Sierra en Catamarca.



“En ese año el municipio ya tenía un plan de actividades que tenía como ejes fundamentales lograr desarrollo económico para todos sus habitantes, mejorar tanto servicios como infraestructura y posicionar Tolar Grande dentro de los circuitos turísticos de la Puna”, relata José Piu. Particularmente sobre éste último punto se centraron algunos interesados, entre ellos representantes del propio Estado salteño que a través de la entonces Secretaría de Turismo enviaba sus técnicos y asesores para lograr la meta propuesta.

Así comenzó a aparecer Tolar en los mapas de itinerarios de la Puna. En gran parte, a fuerza de constancia, ya que la gente del pueblo involucrada con el desarrollo del turismo, pensó en tres eventos anuales a realizar periódicamente, como hechos que, en parte, tiene que ver con su propio calendario cultural: el carnaval puneño de Febrero, la Pachamama el 31 de Agosto y el ascenso al cerro Macón (5611 msnm) cada tercer sábado de Noviembre.

Las cumbres del Macón


El ascenso al Macón o Icoman (en idioma kunza, anterior al quechua o aymará) se realiza desde 1998, aquellos años de poca gente y poca esperanza para Tolar. Hasta 2005, el ascenso involucraba unas 15 a 20 personas, muchos de ellos miembros de clubes de montaña con sede en la capital salteña junto a guías locales que hacían las veces de anfitriones. Ya en 2006, el número de participantes saltó a los 105 y una parte de ellos estaba compuesto por turistas, mayormente extranjeros, que conocían del ascenso y estaban deseosos de experimentar de primera mano algunos días con miembros de las comunidades locales.

“En 2007, el número de participantes fue de 70 y en 2008 llegamos a 93”, detalla con orgullo José Piu. Ocurre que este evento señala además el final de un ciclo anual de tareas que comenzó con la invitación de agentes de viajes salteños para que conocieran la zona (sumaron 45 personas entre Marzo y Abril) y siguió con la implementación de un plan piloto que consistió en la habilitación de camionetas y guías locales, primero para cubrir el tramo San Antonio de Los Cobres hasta Tolar Grande, segundo para dar un marco a las posibilidades del contacto turístico-cultural. De éste modo, los turistas independientes o viajeros aventureros pueden llegar por cuenta propia hasta la capital de la puna salteña y coordinar el traslado hasta este pequeño hito humano en la inmensidad.

“El plan consiste en que los turistas se queden en la zona al menos 3 días recorriendo los alrededores”, continúa. Los recorridos involucran desde el famoso Cono de Arita o Cori (según desde donde se lo mire) hasta el inmenso Salar de Arizaro (el tercer salar más grande de Sudamérica y poco más de 10 veces el tamaño de la ciudad de Buenos Aires). Se unen a ellos itinerarios más cortos como la Laguna de Santa María con sus flamencos, el Ojo de Mar, la Cueva del Oso, o el Túnel del Hombre Muerto. Finalmente el viaje hacia volcanes como el Socompa (6031 msnm) o el Llullaillaco (6739 msnm), ya sobre el límite con Chile, serán parte de historias que no caben en pocas líneas.

En casi todas las cumbres andinas hay rastros humanos. Se cree que algunos corresponden a culturas incaicas, se especula que otros tienen relación con los antiguos y aún poco estudiados habitantes de la Puna salteña. Como el Macón, estas cumbres son como imanes que atraen año a año a turistas y viajeros de todo el mundo. Si para 2010 la Comunidad Económica Europea elige finalmente a la Sierra de Calalaste (donde se ubican las cumbres del Macón) como el lugar ideal donde instalar un observatorio astronómico, entonces la comunidad de Tolar Grande, ganará para sí una nueva dimensión.

Sin duda, este Municipio que hoy se autodefine como “Turístico de Aventura y Comunidad Kolla de Tolar Grande”, ha encontrado en su propio territorio, en su propia historia, y en los rasgos culturales que hacen a su identidad, el capital necesario para lograr desarrollo y crecimiento. Requisitos indispensables para su gente, niños y jóvenes que sueñan futuros.

PD: Información actualizada en www.tolargrande.gov.ar




A los ojos del habitante urbano en Salta capital, acostumbrado a un paisaje natural disminuido por su accionar, ambientes naturales aún prístinos como la selva exuberante o los bosques chaqueños aparecen como un tesoro escondido, incluso como rarezas. Se conservan protegidos por áreas de reserva (públicas y privadas) o se preservan tan sólo porque aún mantienen cierta distancia con la frontera agrícola. Recuerdos de la riqueza de otros tiempos estimula a los visitantes a emprender viajes con enfoques naturalistas o culturales, verdaderas travesías hacia la diversidad, en lugares que aún mantiene intacto particulares mundos de vida.



Los guardaparques. El gaucho de los bosques y llanuras chaqueños de Salta. Son hombres, particularmente representativos, que comparten un vínculo profundo con lo natural. A veces es tan cercano, que esa conexión espiritual con la tierra que los alberga a menudo se refleja en su mirar. Principalmente comparten visiones sobre la realidad de su entorno inmediato, que suelen expresar cada vez que contraponen – cada quien a su modo – las maravillas de lo creado con lo inconexo que parece aún el vínculo entre el hombre urbano y su mundo natural más inmediato.

En los tiempos que corren, el turismo como actividad ha evolucionado en sus modos de ofertar “experiencia”. Una de ellas, busca establecer un equilibrio entre la actividad económica y un fin social necesario. Particularmente presente en la mente de turistas o viajeros de perfiles más independiente o autoorganizado, el ecoturismo es una de las variantes que basan su concepto en el hecho que tanto la búsqueda por Naturaleza y Cultura son las principales motivaciones de quienes deciden trasladarse desde un lugar a otro del mundo hacia ésta suerte de paraísos en extinción.



Un ejemplo es Parque Nacional “El Rey”. Antes de convertirse en la primer área protegida de la selva tucumano-oranense, era una estancia como muchas otras del departamento de Anta, por aquel entonces consagrada tan sólo a la explotación de hacienda. La actividad sumaba – en segundo plano – la agricultura de subsistencia y la extracción forestal ligada a las necesidades ganaderas. Su estructura y organización respondía a un ordenamiento feudal, donde el terrateniente era la cabeza de una gran familia patriarcal que incluía a los peones. “La estancia es una confederación de distritos autónomos – señalará al describirla Juan Carlos Dávalos en un capítulo de su libro “Los Gauchos” (1948) - en donde el patrón es el presidente, el capataz el poder legislativo y los puesteros los gobernadores inamovibles”.

El Parque es actualmente uno de los ambientes del Norte Argentino que se presenta como un espacio coronado. El lugar conforma un enorme anfiteatro que escalona en sus cinco pisos tres distritos de la Yunga: la selva de transición, la selva montana de neblina y el bosque montano. El área forma parte de la asociación geológica El Rey-Lumbreras que se ubica en la zona central de la provincia de Salta, a ambos lados de la ruta provincial que une el paraje Lumbreras con Joaquín V. González, adyacentes al Río Juramento.


Su territorio abarca 44.162 hectáreas y además protege un sector de la selva subtropical andina, región natural que baja desde Bolivia, y que constituye junto con la selva misionera, el bioma argentino de mayor diversidad junto a la provincia fitogeográfica chaqueña. Aquí se despliega ciertamente un amplio abanico de la vida salvaje que se completa con otros espacios con áreas protegidas. Este será Parque Nacional Baritú y algunos sectores cercanos conocidos desde la actividad turística como el río Lipeo, en donde se realiza rafting durante un tiempo acotado del año y en niveles extremos.

Conciencia y ecoturismo

Para Jorge Guasp, encargado del área de Turismo y Recreación de Parque El Rey, el Norte como región y éste Parque en particular, conforman un espacio que tanto por su historia como por la diversidad de ambientes que contiene, son particularmente interesante para promover procesos que desarrollen actividades ligadas al ecoturismo.

Su concepto va más allá. “Aunque las definiciones son odiosas y las etiquetas dan lugar a confusiones, sobre todo en un ámbito de actividades tan diversas como el turismo, podemos decir que el concepto de ecoturismo excede el mero contacto con la naturaleza. No sólo atiende al compromiso de las autoridades (en este caso de Parques Nacionales), sino también a la responsabilidad que asume el propio visitante, a quien podemos denominar ecoturista”.



En éste sentido, “el verdadero ecoturista, o turista responsable, actúa de un modo ambientalmente ético no sólo bajo presión, sino también cuando se encuentra solo. Su comportamiento no responde a motivaciones externas, sino a sus propios valores de relación con el medio, sea éste una comunidad de pobladores o una selva virgen. Y si procura proteger la naturaleza que visita no es porque alguien le indique que “ese es el comportamiento correcto”, sino simplemente porque ama ese lugar, y en consecuencia ha resuelto cuidar de él”.

La visión se conecta con la del Ministerio de Turismo de Salta. “La región Norte presenta muchas fortalezas para orientarse hacia esta modalidad”, apunta Ana Cornejo desde la Dirección de Planificación del organismo. “La presencia de reservas naturales provinciales y los parques nacionales en la provincia son una prueba de ello. El objetivo del Ministerio es expandir la actividad en regiones donde el turismo se encuentra menos desarrollado, basándose en criterios de sustentabilidad y con la meta siempre presente de mejorar la calidad de vida de más salteños”. A ellos se suman las campañas que de modo continuo, proyecta y realiza, enfocadas a crear conciencia acerca de la necesaria conducta responsable tanto del visitante como del propio habitante local.

Turismo activo

Al menos durante los últimos 15 años y bajo el nombre de “Turismo Alternativo” fueron acumulando experiencia y tomando forma de empresas, distintos operadores y prestadores, verdaderos actores y promotores de la modalidad en la región. Turismo Aventura y Ecoturismo se asociaron como formas de organizar la experiencia que difiere de la tradicional, idea-núcleo en el diseño de esta oferta turística local. Si bien las dos vertientes tienen puntos en común, la tendencia hacia la protección de los recursos tanto naturales como sociales que son el sustento de la actividad, lleva a considerar la pertinencia de algunos límites, principalmente dentro del denominado “turismo aventura”.


Es la reflexión que atraviesa tanto a operadores como a prestadores de Turismo Alternativo en la provincia de Salta. “El Turismo Alternativo está reglamentado por el Ministerio de Turismo y Cultura desde hace tiempo”, recuerda Horacio Cornejo, ex-titular del organismo oficial. “Actualmente esas normas se encuentran en plena revisión a los efectos de contar con una normativa actualizada que integre la gestión de la calidad, la seguridad y la preservación ambiental”.

Desde las cabalgatas hasta el rafting o los solitarios descensos en kayak, pasando por el cicloturismo o largas caminatas de media montaña, hasta llegar al avistaje de aves y los viajes de historia natural o con enfoques culturales. Todos forman parte hoy de la variada tipología de productos que ofrece la región, con Salta como su capital receptiva. Los desafíos están planteados y las tareas que buscan alcanzarlos también. Siempre con una meta común: construir un destino turístico con actores concientes de sus responsabilidades.